Filosofar no es contemplar o reflexionar, sino crear conceptos

Deleuze siempre entendió a la filosofía en tanto que sistema, es decir, como una forma de concebir el mundo en su totalidad.  Por ello Deleuze decía sentirse un filósofo “muy clásico”: ya desde Leibniz la filosofía se identificaba con el sistema. Con todo,  el problema de la supuesta muerte o superación de la filosofía nunca le afectó (pues es bien conocido que los grandes sistemas filosóficos fueron de uno a uno cayendo y haciéndose trizas). No es, pues, la noción de sistema como tal lo que le desagradaba, sino sólo aquella noción de sistema que se pone en relación con las coordenadas de la Identidad y que hacen del sistema algo cerrado (sistemas que son precisamente los que eventualmente encuentran una muerte segura). La creación de conceptos evita el cierre del sistema. El sistema no puede depender de un único principio, no puede tener un centro ni una periferia bien delimitada. El sistema debe permanecer siempre abierto para dejar siempre el paso libre a lo heterogéneo. “Para mí —afirma—, el sistema no solamente debe ser una perpetua heterogeneidad, sino que debe ser una heterogénesis, cosa que, me parece, jamás había sido intentado”.[1] Qué la filosofía deba ser entendida además como heterogénesis nos lleva directamente a la concepción de la filosofía como creación continua de conceptos. La filosofía es sistemática pero también debe ser continuamente una fábrica, una matriz generativa de conceptos, necesarios para nombrar el continuo paso del devenir y de lo heterogéneo en nuestras vidas. Esto —sostiene Deleuze— implica que la filosofía no es una disciplina ni contemplativa, ni reflexiva, ni comunicativa, sino que es esencialmente creativa. Cuando Deleuze y Guattari dicen en ¿Qué es la filosofía? que la filosofía no es contemplativa, se refieren principalmente al idealismo objetivo, como el de Platón. El idealismo objetivo considera que las ideas de las cosas existen independientemente de la mente que las capta, aunque tengan que ser conocidas, en última instancia, a través de la experiencia o, mejor aún, de la contemplación racional de las mismas. Platón sostenía que los conceptos generales de las cosas existían en un mundo de Ideas trascendente al nuestro, no siendo las cosas materiales que conocemos sino pálidas copias de ellas. Según el idealismo objetivo habría, pues, algo así como un en sí de las cosas independiente a la mente humana, una naturaleza que les es inherente, lo cual implica la independencia de la esencia de las cosas con respecto a nosotros. Para conocer lo que las cosas son habría que acceder a sus Ideas trascendentes a través de un ejercicio que puede definirse como contemplativo.  Pero Deleuze y Guattari están en contra de todo tipo de trascendencia y, por ende, ningún tipo de contemplación es necesaria para llegar a conocer la supuesta esencia de las cosas: el platonismo debe ser invertido. (Para Deleuze la esencia de las cosas no es sino una ilusión. Las cosas no tienen esencia y su naturaleza más íntima depende en gran medida del concepto con el que se las aprehenda. Esto lo veremos más a fondo en otra ocasión). La filosofía no puede ser contemplación porque “las contemplaciones son las propias cosas en tanto que consideradas en la creación de sus propios conceptos”.[2] En otras palabras, lo que conocemos en la contemplación de las cosas no son las supuestas Ideas o Esencias trascendentes de las mismas, sino los conceptos que alguna vez fueron creados por algún sistema filosófico y de los que dependen las propias contemplaciones. Vemos las cosas a través de los conceptos que creamos para verlas; no puede haber algo así como una experiencia o contemplación prístina de las mismas. A esto habría que agregar que la filosofía no es contemplativa porque tampoco se parece en nada a las (mal llamadas) “filosofías” orientales como el Zen o el Yoga, prácticas que promueven una contemplación a-conceptual de la realidad en aras de alcanzar la experiencia mística de un supuesto Principio trascendental y divino.  La filosofía no es esto; no busca ninguna iluminación ni experiencia mística de ningún tipo. La filosofía es pensamiento por conceptos, lo que supone que el lenguaje está directamente implicado en la creación de los mismos. Los gurús orientales se limitan a sentarse en silencio y esperar hasta sentirse uno con el “Todo”, pero esto es carecer de concepto.  “Oriente —afirman Deleuze y Guattari— ignora el concepto, porque se limita a hacer que coexista el vacío más abstracto y el estar más trivial, sin mediación de ningún tipo”.[3] En la filosofía siempre es el concepto el que media entre el Ser y nuestro conocimiento del Ser (pero la filosofía tampoco se preocupa por impedirle a nadie ir a sentarse en silencio bajo un árbol a buscar la unidad con el Ser).

La filosofía tampoco es reflexión porque, ¿quién necesita de la filosofía para reflexionar sobre cualquier cosa? ¿No reflexiona el ingeniero o el arquitecto cuando realizan el plan de alguna obra? ¿Y eso los hace filósofos? ¿Hace filosofía el fisico que reflexiona en los problemas de su campo de estudio? ¡De ninguna manera! La reflexión no es del dominio exclusivo de la filosofía; ni siquiera podría decirse que es la disciplina donde más se reflexiona. Al respecto dicen Deleuze y Guattari:

No es reflexión porque nadie necesita filosofía alguna para reflexionar sobre cualquier cosa: generalmente se cree que se hace un gran regalo a la filosofía considerándola el arte de la reflexión, pero se la despoja de todo, pues los matemáticos como tales nunca han esperado a los filósofos para reflexionar sobre las matemáticas, ni los artistas sobre la pintura o la música; decir que se vuelven entonces filósofos constituye una broma de mal gusto, debido a lo mucho que su reflexión pertenece al ámbito de su creación respectiva.[4]

Que la filosofía se conciba como reflexiva implica que se tenga que hacer consciente de la relación del pensamiento con el sujeto, con el “yo”, pues después de todo es él quien reflexiona. Es como si la idea o el concepto de las cosas se encontrara ya no en un mundo trascendente de Ideas, muy lejos de nosotros, sino que estuviera ahora en nuestra mente. Se trata, por supuesto, del idealismo subjetivo kantiano. “Kant —sostienen los filósofos franceses— encuentra la forma moderna de salvar la trascendencia: ya no se trata de la trascendencia de un Algo, o de un Uno superior a todo (contemplación), sino de la de un Sujeto al que no se atribuye el campo de inmanencia sin pertenecer a un yo que necesariamente se representa a un sujeto así (reflexión)”.[5] Así, “los griegos de Platón contemplan el concepto como algo que está todavía muy lejos y muy arriba, mientras que nosotros [se refieren a los filósofos idealistas subjetivos] tenemos el concepto, lo tenemos en la mente de forma innata, basta con reflexionar”.[6] De esta manera el tránsito de la contemplación hacia la reflexión es, históricamente hablando, el paso que se da del idealismo objetivo al idealismo subjetivo. Sin embargo, cada uno construye sus propios Universales: en el primero, son las Ideas, las esencias o las categorías como atributos objetivos de las cosas mismas; en el segundo, las Formas a priori de la intuición, las Categorías a priori del entendimiento, las Ideas de la razón. Estos Universales —primero objetivos, luego subjetivos— son las dos ilusiones en las que la filosofía ha caído “en su sueño de dominación de las demás disciplinas” —afirman. Y son meras opiniones, “opiniones que uno se forma sobre el pensamiento, en tal época y en tal civilización”,[7] pero son imágenes del pensamiento que llevan en su seno la ilusión y que, por pretenderse universales y necesarias, son fundamentalmente dogmáticas.

La filosofía tampoco es comunicación, pues ella también fabrica sus propios universales y conlleva su propia ilusión. Cuando critican la definición de la filosofía como comunicación, Deleuze y Guattari están pensando sobre todo en la “Teoría de la acción comunicativa” del filósofo alemán Jürgen Habermas. Hablaré de esto en otra entrada, así como de la tesis guattari-deleuziana de definir a la filosofía como creación conceptual. Queda entonces mucho por decir, pues cuando la filosofía se dedica a inventar conceptos, está —como veremos— muy lejos de morir.

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[1] Gilles Deleuze, “Lettre-Préface de Gilles Deleuze”, en Jean-Clet Martin, La philosophie de Gilles Deleuze, pág. 7.

[2] Gilles Deleuze y Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía?, pág. 12.

[3] Ibid., 95.

[4] Ibid., 12.

[5] Ibid., 50.

[6] Ibid., 103.

[7] Ibid., 41.

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