Del pampsiquismo al cosmopsiquismo: un universo consciente (y sin ‘pixeles’)

Vimos en una primera y segunda entrada cómo el pampsiquismo ascendente buscaba evadir con su tesis los problemas a los que se enfrentaba el fisicalismo convencional. La tesis afirma que las partículas elementales de la materia (quarks, bosones, leptones, etc.) poseen propiedades fenoménicasa un nivel micro o rudimentario, lo que explicaría —sin dar el “salto mágico” que dan los fisicalistas— el surgimiento de órganos conscientes complejos como los cerebros del reino animal. Sin embargo, como tuvimos ocasión de comentar en otra entrada, el pampsiquismo ascendente se topa con sus propios problemas filosóficos. En esta entrada me centraré en señalar otro de los problemas a los que se enfrenta esta postura filosófica, problema que nos conducirá a otra hipótesis aún más sorprendente: aquella que afirma que —haciendo caso omiso de las “partículas elementales”— el cosmos en tanto que totalidad es la única realidad ontológica que hay, siendo este cosmos consciente (puesto que hay consciencia en él). Podemos llamarla: la hipótesis del cosmopsiquismo.

Según Kastrup —cuyo artículo “The Universe in Consciousness” he estado resumiendo y comentando en  entradas pasadas— al pampsiquista lo motiva la idea de que, puesto que la física cuántica sólo aporta modelos sobre el comportamiento de las entidades físicas y no dice nada sobre su naturaleza intrínseca, la consciencia fenoménica bien podría ser esa naturaleza intrínseca. Esto no es poco razonable si consideramos que, aunque de las entidades externas sólo podemos observar su comportamiento, tenemos, con todo, una relación única  y especial con una entidad particular: nosotros mismos o, para ser exactos, nuestro sistema nervioso. Nuestro propio sistema nervioso es la única entidad física de la que poseemos un conocimiento —digamos—  «desde dentro». Ahora bien, es claro que este sistema nervioso que nosotros somos tiene una naturaleza fenoménica que le es intrínseca. En otras palabras, aquello que conformaría nuestro sistema nervioso (moléculas, átomos, cargas, y en última instancia quarks, leptones, neutrinos, etc.) parece comportarse de manera fenoménica. Es como si viéramos de primera mano cómo las partículas elementales de la materia producen fenómenos o se comportan al modo de una consciencia. Aquellos que defienden el pamsiquismo ascendente afirmarían que esto prueba que las partículas elementales de la materia poseen, aunque sea de manera también elemental o rudimentaria, propiedades fenoménicas que a la larga, auxiliadas por el trabajo de la evolución (precisamente por eso el pampsiquismo es «ascendente»), llegarán a constituir los grandes sistemas nerviosos del reino animal como nuestros cerebros.

Ahora bien, los pampsiquistas sostienen —afirma Kastrup— que la consciencia fenoménica tendría la misma estructura fragmentada que la materia posee. En otras palabras, el argumento dice que, ya que nuestros cuerpos están conformados por una miríada de partículas elementales, nuestra vida fenoménica interior debe también estar constituida de micro partículas fenoménicas. Pero aquí el argumento se topa con un problema lógico, pues está atribuyendo a aquel que experimenta una estructura que sólo puede discernirse en la experiencia. Esta curiosa objeción conduce a su vez a considerar la hipótesis del cosmopsiquismo. Veámoslo más de cerca.

 

Según la física cuántica, en última instancia todo en el universo está hecho de partículas elementales como los quarks, los neutrinos, los bosones, etc. ¿Cómo comprobamos el concepto de «partículas elementales»? Bueno, existen experimentos que nos las muestran, por ejemplo, aquellos que se realizan en el Gran Colisionador de Hadrones, GCH (en inglés Large Hadron Collider, LHC), un acelerador y colisionador de partículas ubicado en la frontera franco-suiza cuyo propósito es examinar la validez del Modelo Estándar, esto es, el marco teórico actual de la física de partículas. Ahora bien, los resultados de estos experimentos sólo nos son accesibles en la forma de percepción consciente, incluso cuando los instrumentos que se utilizan sean sumamente delicados. Es decir, para comprobar los resultados del GCH, y por ende ver las partículas subatómicas, es necesario percibirlas (se entiende: con nuestros sentidos, principalmente la vista). ¿Qué es, pues, lo que estos experimentos realmente demuestran? Respuesta: que las imágenes de nuestra percepción pueden ser divididas en elementos más pequeños hasta que se alcanza un límite, el de las partículas elementales. Por tanto, en ese límite encontramos los elementos constitutivos más pequeños de las imágenes de nuestra percepción, tal y como si fueran los pixeles de nuestros fenómenos mentales. Lo que nos dice el experimento, pues, es que estas partículas elementales son los ‘pixeles’ de la experiencia, pero no necesariamente los del experimentador. En otras palabras, nosotros sabemos que las cosas están constituidas por partículas elementales en tanto que son percibidas, lo cual no implica que el sujeto que lo percibe esté él mismo constituido de igual manera.

Es, sin duda, una objeción bastante extraña, pero es lógicamente correcta. Tiene mucho de escepticismo el argumento, ¡y vaya que los escépticos radicales son buenos para poner nuestras más indudables certezas en el banquillo de los acusados! Como quiera que sea, no se rasguen las vestiduras aquellos que creen saber con toda seguridad que también los sujetos que experimentan están constituidos por partículas elementales. Esta objeción es sólo una hipótesis filosófica cuyo propósito es solucionar problemas que la ciencia aún no puede resolver (en nuestro caso, la consciencia). En este sentido, como decíamos en una entrada anterior, la ciencia necesita siempre de la especulación filosófica  (así sólo sea para tener que rechazar sus extravagantes hipótesis). En fin, retomando la discusión, hay quien diría “¡Pero el cuerpo humano mismo, el cuerpo del observador, está hecho de partículas subatómicas, por lo tanto el sujeto también!”. Ok, pero el cuerpo humano —dice Kastrup— es también una imagen en la «pantalla» de nuestra percepción, por lo que necesariamente estará ‘pixeleado’ de la misma manera. ¡Pero esto no dice nada de la estructura de aquello que percibe un cuerpo humano, es decir, de la consciencia percipiente! Recordemos que aquí hablamos de la consciencia, no del cuerpo en el que residiría esa consciencia (pues este, como acabamos de aceptar, necesariamente está ‘pixeleado’). Es como si extrapoláramos y atribuyéramos a la composición de la consciencia la misma idiosincrasia que tenemos para nuestra «pantalla de percepción». Kastrup usa una analogía para ponerlo todavía más claro: “[…] la imagen pixeleada de una persona en la televisión refleja la idiosincrasia de la pantalla de televisión; no significa que la persona misma esté hecha de pixeles”.[1] En resumen, en la medida en que algo pueda ser percibido, también puede ser fragmentado en ‘pixeles’ (partículas subatómicas), lo que no implica que aquello que percibe tenga la misma estructura fragmentada. Los defensores del pampsiquismo ascendente afirman que las partículas subatómicas (o por lo menos algunas de ellas) tienen propiedades fenoménicas elementales y que dichas partículas son los elementos constituyentes de la consciencia, tal y como otras partículas (posiblemente sin propiedades fenoménicas) son los elementos constituyentes de las rocas, del agua o de las nubes. La objeción que acabamos de revisar indica que ser conscientes de la naturaleza fragmentada de la materia no implica que nuestra consciencia tenga ella también esa naturaleza fragmentada. Por lo tanto, el pampsiquismo ascendente hace una aseveración sin fundamento lógico.

Pero, ¿y qué hay del cosmopsiquismo? Tanto el fisicalismo como el pampsiquismo ascendente asumen que las partículas elementales son los “ladrillos” con los que se construye todo en la naturaleza. Pero acabamos de ver que estas partículas son los  ladrillos o los pixeles últimos de aquello que percibimos, no necesariamente del sujeto que percibe. Esto —dice Kastrup— nos lleva a una pregunta aún más profunda: ¿las partículas elementales son entidades concretas fundamentales por su propio mérito? Según algunos filósofos, hay fuertes razones para creer que el universo es un todo integrado sin partes. En palabras del filósofo estadounidense Jonathan Schaffer:

[…] físicamente, hay evidencias de que el cosmos forma un sistema enmarañado y buenas razones para tratar a los sistemas enmarañados como todos irreductibles. Modalmente, la mereología permite la posibilidad de considerar gunks sin átomos, sin partes últimas que puedan ser invocadas por un pluralista como el fundamento del ser.[2]

La mereología, dicho sea de paso, es la parte de la filosofía y la lógica matemática que estudia las partes y los todos que ellas forman. El término “gunk” se aplica en mereología a un objeto que no está hecho de átomos indivisibles o partes más simples. Los filósofos Terry Horgan y Matjaž Potrč afirman que el universo en tanto que totalidad (y solamente él) sería un gunk, esto es, un todo que debe ser considerado como una entidad concreta por su mérito propio.  Le llaman blobject, de blob = masa amorfa, amasijo; y object = objeto. Aquí es donde empiezan las hipótesis del cosmopsiquismo que afirman que “el cosmos en tanto que totalidad es la única realidad ontológica que hay, y ese cosmos es consciente”. Pero esto lo veremos en nuestra siguiente entrada.

 

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[1] Bernard Kastrup, “The Universe in Consciousness”, en Journal of Consciousness Studies, 25, No. 5–6, 2018, pág. 132.

[2] Schaffer, J. (2010) Monism: The priority of the whole, Philosophical Review, 119 (1), pp. 31–76.

 

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