Deleuze y el devenir minoritario

Gilles Deleuze fue un pensador que siempre estuvo preocupado por la cuestión política. Con todo, es evidente que su pensamiento es difícilmente encuadrable o no es totalmente traducible a los términos de la teoría política académica tradicional. En las facultades de filosofía, dentro del marco de estudio de la filosofía política, el pensamiento político de Deleuze casi nunca forma parte de la serie que va de Platón a John Rawls y que pasa por Aristóteles, Maquiavelo, Spinoza, Hobbes, Locke, Hegel, Marx… etc. Y es que la contribución de Deleuze al pensamiento político —como bien dice Paul Patton en su bello libro Deleuze y lo político— ha de ser evaluada en relación a su propia concepción y práctica de la filosofía.[1] En este sentido, el pensamiento filosófico-político desarrollado por Deleuze y Guattari en obras como El Anti Edipo, Mil mesetas o Foucault (este último escrito por Deleuze en solitario) no se interesa en los problemas de filosofía política habituales tales como la legitimación o deslegitimación del gobierno, el problema de la justicia o la naturaleza de las clases sociales y sus relaciones. En la obra de Deleuze y Guattari existe más bien un interés por los procesos mediante los cuales se transforman las formas en las que nos gobernamos a nosotros mismos. En otras palabras, lo que les interesa no es el control que un supuesto poder central pueda ejercer sobre las masas, ni siquiera los movimientos revolucionarios emancipatorios de masas o las manifestaciones sociales de rechazo de este poder. Sin restarle importancia a estas cuestiones, Deleuze y Guattari se interesan más bien por “los procesos de transformación creativa y las «líneas de fuga» a través de las cuales los individuos y los grupos se transforman en algo diferente a lo que eran antes”,[2] formas de cambio social que, a un nivel micro o local, subyacen a la forma de Estado e impactan a la larga en las propias instituciones políticas. Así, antes que una teoría de lo político, el pensamiento de Deleuze y Guattari es más bien una «ontología política» que nos provee de herramientas para describir fuerzas y movimientos transformativos, creativos o desterritorializantes.[3]

Pues bien, dentro del marco teórico del pensamiento filosófico-político de estos pensadores nos encontramos con dos importantes conceptos: lo minoritario y lo mayoritario. Había dedicado ya una entrada anterior a la relación que existe entre estos conceptos y el proyecto filosófico de Deleuze de invertir el platonismo. En esta entrada abundaré un poco más en el significado de estos dos conceptos opuestos y complementarios.

Así pues, lo primero que habría que decir es que, con todo y que la minoría se define en oposición a la mayoría, la diferencia entre ellas no es cuantitativa sino más bien cualitativa. En principio, porque las minorías pueden ser en su conjunto más numerosas que la así llamada mayoría. Por ejemplo, las distintas «tribus urbanas» de una gran metrópolis (emos, raperos, góticos, hippies, punks, rastafaris, hipsters, etc.), tomadas en conjunto, podrían tener un mayor número de individuos que la mayoría estándar que no pertenece a ninguna. Pero también podemos pensar en casos en los que una sola minoría tiene mayor número que la mayoría. Es el caso de Sudáfrica con la política del apartheid que estuvo en vigor hasta 1992. El apartheid fue un sistema de segregación racial cuyo propósito era conservar el poder de los individuos de raza blanca que, en términos numéricos, ¡representaba sólo el 21% de la población! En este ejemplo, el estándar “hombre-blanco” tenía la mayoría, por más que fuera menos numeroso que los de raza negra y mulata. La diferencia entre minoritario y mayoritario es, pues, cualitativa. La mayoría designa —dicen Deleuze y Guattari— “un metro-patrón  con relación al cual se evalúa”. La mayoría supone un estándar desde el cual se evalúa lo otro, lo que cae fuera del patrón, y, en ese sentido, supone un estado de poder y de dominación. Leamos a Deleuze y Guattari:

 

Supongamos que la constante o el patrón sea Hombre-blanco-macho-adulto-urbano-hablando una lengua standard-europeo-heterosexual cualquiera […] Es evidente que “el hombre” tiene la mayoría, incluso si es menos numeroso que los mosquitos, los niños, las mujeres, los negros, los campesinos, los homosexuales…, etc. […]. La mayoría supone un estado de poder y de dominación, y no a la inversa. Supone el metro-patrón y no a la inversa.[4]

 

En una colectividad social existe siempre un modelo o miembro ideal de esa colectividad. No es difícil saber cuál es ese ideal: en nuestras sociedades occidentales los medios masivos de comunicación y la publicidad intensiva propia de las sociedades de consumo nos espeta todo el tiempo arengas insidiosas sobre qué debemos querer, qué debemos poseer y cómo debemos ser. Difícilmente el modelo encaja con lo que, en términos numéricos, se considera la media o la mayoría de la población. El tipo ideal de ciudadano lo representan casi siempre modelos guapos, ricos, bien vestidos y felices, de preferencia blancos, urbanos y heterosexuales (un poco como el patrón que Deleuze y Guattari usan de ejemplo). Pues bien, siendo este tipo ideal el patrón estándar de una sociedad, podemos definir a la “mayoría” como el grupo que más se aproxima (o busca aproximarse) a este estándar. Las minorías, en cambio, se definen por el distancia que separa a sus miembros de ese patrón, por lo que en última instancia ambos conceptos se definen por la mayor o menor divergencia que los separe del ideal o patrón en función del cual se evalúa a los particulares.

Ahora bien, lo importante es pasar de esta concepción estática a una concepción más dinámica de los conceptos, pues no hay que olvidar que para Deleuze y Guattari se trata siempre de fuerzas en movimiento, de procesos, cambios o transformaciones que experimentan los sujetos y los grupos en una colectividad. Así, una tercera noción en la propuesta de estos pensadores es la de devenir menor o minoritario, devenir que da cuenta del proceso creativo de convertirse en diferente o divergente de la mayoría. El devenir minoritario —comenta Patton— significa someter al estándar a un proceso de variación continua o desterritorialización, lo cual implica cierta amenaza de las minorías a la existencia misma de la mayoría.[5] Volviendo al tema de la «inversión del platonismo» que Deleuze se propone como tarea de la filosofía (y que veíamos en una entrada anterior), esta amenaza del devenir minoritario hacia la existencia de la mayoría recuerda a la amenaza planteada por los simulacros al orden metafísico impuesto por las Ideas trascendentes en la filosofía de Platón (mismas que también funcionan de modelo o patrón para evaluar a los entes). En fin, el devenir minoritario es un movimiento que se desvía de la mayoría suprimiendo o trastocando con ello los códigos sociales dominantes. Por ello es un proceso de descodificación o de desterritorialización, términos prácticamente sinónimos. En palabras de Patton: “La importancia de la minoridad no reside de en el hecho de su relativa exclusión de la mayoría, sino en el potencial político de su divergencia de la norma. La  minoridad proporciona un elemento capaz de desterritorializar los códigos sociales dominantes”.[6] Esto implica que los devenires minoritarios poseen un poder de creación o de configuración de nuevos modos de existencia que cuestionan la validez del modelo ideal.

En resumen, para Deleuze y Guattari lo minoritario, más que definir minorías étnicas, lingüísticas, o de preferencia sexual, son «gérmenes», pequeños movimientos que «cristalizan» luego en el medio social que los vio nacer. La desterritorialización que opera con respecto a la mayoría es, pues, una desterritorialización creadora, invención de nuevas formas de pensar, de sentir y de vivir. En palabras de los filósofos:

 

Por supuesto, las minorías son estados objetivamente definibles, estados de lengua, de etnia, de sexo, con sus territorialidades de ghetto; pero también deben ser consideradas como gérmenes, cristales de devenir, que sólo son válidos si desencadenan movimientos incontrolados y desterritorializaciones de la media o de la mayoría.[7]

 

Esta es la esencia de la propuesta política revolucionaria de Deleuze y Guattari: desterritorializarse, devenir-menor; en suma, ampliar el espacio entre uno mismo y la norma. No hay que negarnos, pues, a desarrollar nuestra legítima rareza.

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[1] Paul Patton, Deleuze y lo político, pág. 12.

[2] Ibid., pág. 13.

[3] Ibid., pág. 22.

[4] Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas, pág. 107.

[5] Paul Patton, Op.cit., pág. 77.

[6] Ibid., pág. 20.

[7] Gilles Deleuze y Félix Guattari, Op.cit., pág. 108.

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