Deleuze y las matemáticas: lo singular y lo ordinario como nociones físico-psicológicas. (Parte III)

Además de lo que quedó dicho en el post pasado, hay que decir que la singularidad es preindividual. “[L]o que es «preindividual» es la singularidad misma”, dice Deleuze en Diferencia y repetición, mientras que en El pliegue Deleuze precisa la relación de la singularidad con la individualidad. Afirma ahí que las singularidades no son generalidades, sino acontecimientos, «gotas de acontecimiento» que no por ello dejan de ser preindividuales. “Es la definición real del individuo: concentración, acumulación, coincidencia de un cierto número de singularidades preindividuales convergentes”. Y más adelante: “En este sentido, el individuo es la actualización de singularidades preindividuales”.[1] Deleuze puede decir entonces que un individuo siempre se constituye en torno a un cierto número de singularidades preindividuales que serían como sus «predicados primitivos». En el célebre ejemplo de Leibniz, sean tres singularidades: ser el primer hombre, vivir en un jardín de placer, tener una mujer salida de su propia costilla. Es Adán, el individuo Adán que se constituye en torno a esas singularidades; es la coincidencia, concentración o acumulación de esas singularidades preindividuales, acumulación que luego suma una singularidad más: pecar. Y como decíamos líneas arriba, una singularidad se prolonga en puntos ordinarios o regulares. Una vez que se alcanza la singularidad «tener una mujer salida de su propia costilla», comienza para él una vida ordinaria en pareja. Una vez que Adán pasa el punto de inflexión en el que peca, comienza la regularidad de su vida como hombre que ha pecado, como hombre condenado. Una singularidad está, pues, rodeada de una nube de ordinarios o de regulares, aunque cada una siempre pueda ser aislada o separada de sus prolongaciones. Cuando una singularidad es escindida deviene entonces indefinida: ya sólo es un jardín, un pecado, sin relación alguna con un individuo o con un mundo. Los procesos de individuación son así, para Deleuze, acumulaciones de singularidades preindividuales actualizadas, y no una especificación de los géneros como se pensaba con la filosofía de la representación desde Aristóteles. Por supuesto, no hablamos aquí solamente de individuos humanos. Individuo es todo lo que tiene entidad, unidad, individualidad. En suma, todas las cosas. En palabras de Deleuze: “La individuación no va de un género a especies cada vez más pequeñas, bajo una regla de diferenciación. La individuación va de singularidad en singularidad, bajo la regla de convergencia o de prolongación que relaciona el individuo con tal o tal mundo”.[2] Por ello Deleuze no duda al sostener que en toda esta esfera del problema de la individuación Leibniz es también el primero. Ahora bien, el individuo como cúmulo de singularidades, es él mismo una singularidad. “Los individuos son singularidades de segunda especie”, decía Deleuze en su seminario,[3] pues define un punto de vista que representa las infinitas variaciones o pliegues de la materia del mundo en el que está inserto.

Se ve, pues, como las singularidades, junto con la nube de ordinarios que les quedan en torno, pueden ser pensadas como los componentes nucleares de toda determinación. Determinan a los objetos tanto como a los sujetos. La exposición más detallada y completa de la ontología de la diferencia, a la que pertenece por supuesto esta teoría de las singularidades, se encuentra en Diferencia y repetición, donde Deleuze expone su propia teoría de la Idea y afirma que éstas son multiplicidades virtuales que consisten en un sistema de relaciones diferenciales entre elementos genéticos. Las relaciones diferenciales son del tipo dx/dy, símbolo de la diferencia en sí que, en su determinación recíproca, determina el reparto de los puntos singulares y los puntos ordinarios de los que estará compuesta cada entidad una vez que estas relaciones virtuales se actualicen en un individuo determinado. Le corresponde al procedimiento de la vice-dicción “recorrer y describir las multiplicidades […], [pues ella] preside la distribución de los puntos notables en la Idea; ella es la que decide el modo en que una serie debe prolongarse, de un punto singular, sobre puntos regulares, hasta otro punto singular […]”.[4]

Por último quisiera señalar dos usos más del concepto de singularidad en la obra de Deleuze, aunque no abundaremos aquí en ellos. El primero con relación al concepto de “enunciado” que aparece en Mil mesetas y posteriormente en el libro que le dedica Deleuze a Foucault. En efecto, el concepto de enunciado foucaultiano causó tanta impresión en Deleuze –él mismo lo confiesa en una entrevista-[5] que se vio obligado a adoptarlo, no sin antes transformarlo profundamente, como era su costumbre. La operación deleuziana de sodomizar a sus intercesores se ve con claridad en uno de sus seminarios dedicado a Foucault. Deleuze señala a sus alumnos que en el capítulo de Arqueología del saber titulado “Definir el enunciado”, Foucault, intentando demostrar que un enunciado no implica necesariamente una gramática o una sintaxis, afirma, para demostrarlo, que una ecuación matemática o su curva bien podrían ser un enunciado. En su curso Deleuze cita literalmente el pasaje: “En fin, un gráfico, una curva de crecimiento, una pirámide de edades, una “nube de repartición”, forman enunciados”. Y más adelante Foucault: “No parece posible, pues, en suma, definir un enunciado por los caracteres gramaticales de la frase”.[6] En realidad Foucault ya había dado líneas atrás otros ejemplos: un árbol genealógico, un libro de contabilidad, las estimaciones de una balanza comercial serían todos enunciados. Pero a Deleuze le interesa la curva, la ecuación. ¿Por qué? Porque si Foucault afirma que una ecuación o una curva son enunciados, a Deleuze le interesaría que lo inverso fuera también cierto, esto es, que todo enunciado fuera una curva.[7] En el momento en que Deleuze hace esta inversión, está introduciendo en la teoría foucaultiana toda su ontología. O para decirlo en los términos de la sodomía, es el momento en el que hace que penetren en el corpus foucaultiano toda una serie de nociones seminales que Deleuze trae consigo. Al decir que todo enunciado es una curva Deleuze establece una conexión con el enunciado foucaultiano que lo anexa a su propia teoría. Lo que en realidad está haciendo aquí Deleuze es añadir al concepto de enunciado en Foucault otros componentes, los suyos, que le permitan funcionar de puente entre las dos teorías. ¿Cuál es el componente principal que se añade al concepto del enunciado al decir que todo enunciado es una curva? Pues el concepto de “singularidad”, precisamente. Desde entonces podrá decir Deleuze que todo enunciado es una curva que une singularidades preindividuales. Y así como Adán era una especie de acumulación de singularidades preindividuales, también los enunciados se formarán con la integración de singularidades antes libres. Deleuze, gis en mano, explica a sus alumnos, palabras más, palabras menos: “Lanzo… emito una singularidad. La denominaré «confesión», es un punto de confesión. Emito ahora otra aquí que llamaré «sacramento». Más abajo una tercera, un punto de «culpabilidad». Por último, un poco a la derecha, un punto de «memorización»”.  Es -dice- un ejemplo de tipo social, es el enunciado de la confesión en los siglos en los que la Iglesia ejercía un «poder pastoral» sobre la vida de los hombres. Las líneas trazadas de punto a punto significan, por ejemplo, que hay que haberse confesado para recibir el sacramento de la comunión; o que hay que hacer un examen de conciencia (memorización) antes de confesarse. Pues “de lo que se trata es -sostiene- de elaborar integrales, curvas integrales en el entorno de unas singularidades”.[8]

El otro caso que les decía es el del concepto filosófico tal y como Deleuze y Guattari lo definen en ¿Qué es la filosofía? Esto es, el concepto en tanto que multiplicidad de componentes heterogéneos y no separables. Vimos ya cómo Deleuze crea un nuevo concepto –el de enunciado- uniendo componentes foucaultianos y componentes propios. Los componentes del concepto serán también singularidades. “Cada componente es un rasgo intensivo, una ordenada intensiva que no debe ser percibida como general ni como particular, sino como una mera singularidad […]”,[9] etc. Este, sin embargo, será tema para otra ocasión.

 

[1] Gilles Deleuze, El pliegue. Leibniz y el Barroco, pág. 87.

[2] Ibid., pág. 87.

[3] Gilles Deleuze, La exasperación de la filosofía, pág. 203.

[4] Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, pág. 287.

[5] Gilles Deleuze, Conversaciones, pág. 145.

[6] Michel Foucault, Arqueología del saber, pág. 109.

[7] En la trascripción de la clase dice Deleuze: “Una ecuación o una curva son enunciados. ¿Y lo contrario también es cierto? Me gustaría poder decirlo a la inversa. En cualquier caso me gustaría que pudiera servir a la inversa. Pero, ¿en qué condiciones puede decirse: todo enunciado es una curva? Eso sería importante para nosotros, sería interesante, muy interesante para nosotros porque supondría una confirmación de la irreductibilidad del enunciado a la frase”, en Gilles Deleuze, Michel Foucault y el poder. Viajes iniciático I, pág. 13.

[8] Ibid.

[9] Gilles Deleuze y Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía?, pág. 26.

 

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