El cyborg cobarde: Transhumanismo y pusilanimidad humana

Existe mucha confusión en torno al tema del transhumanismo, particularmente entre sus detractores. Es comprensible que la confusión se apodere de las cabezas pensantes que tratan de asir un tema que por lo menos a la fecha todavía colinda con la ciencia ficción y la más despreocupada especulación. Está por ejemplo el tema de la posibilidad de subir (upload) toda la información que se encuentra en nuestros cerebros a una interfaz computacional, de manera que nos libremos de nuestro frágil y efímero cerebro biológico para poder alcanzar una etapa de nuestra evolución en la que nuestro nuevo soporte de silicona y microchips pueda prolongar indefinidamente nuestra vida consciente, a la vez que eliminamos de una vez y para siempre el dolor que conlleva inevitablemente la naturaleza de nuestro actual sistema nervioso. Hay un articulito de Jesús Ballesteros Llompart, doctor en Derecho por la Universidad de Valencia, España, titulado “Más allá de la eugenesia: el poshumanismo como negación del homo patiens” que llamó mi atención (se puede encontrar fácilmente en Google en versión pdf). El artículo es muy deficiente en lo que a argumentación filosófica se refiere, pero toca puntos en verdad interesantes. No pretendo en la presente reflexión hacer una síntesis de dicho artículo, sino sólo una escueta indicación de sus intenciones de manera que podamos situarnos en una perspectiva que podría ser fecunda para una posterior y más profunda investigación. La postura de Ballesteros está claramente en contra del poshumanismo (de aquí en adelante, transhumanismo) por razones similares a las que ya viéramos llevaban al opus deísta Héctor Velázquez a criticar al movimiento transhumanista. Es decir, el conservadurismo de Ballesteros parece ser también de cuño católico; así lo evidencian no sólo sus argumentos, digamos, más laicos, sino la desembarazada apelación final a la sabiduría del difunto Papa Juan Pablo II en las conclusiones del citado artículo. Ya no me interesa emprender nuevamente una polémica virulenta como la que inicié con Héctor Velázquez principalmente porque el artículo de Ballesteros es más honesto, más claro, menos trapacero y mucho más interesante. No se merece, pues, una trompada como la que definitivamente merecía el mediocre artículo de Héctor Velázquez. A diferencia de éste, Ballesteros, que ni siquiera es filósofo de profesión, sí nos da qué pensar.

Ballesteros comienza identificando o por lo menos asimilando tres movimientos del XX: el futurismo, la eugenesia y el transhumanismo. Estos tres movimientos tendrían en común -según el autor- el ser expresiones distintas de una misma «beatería ante la técnica», expresiones que pretenderían extirpar de la condición humana, mediante los utensilios de la tecnología, no sólo el sufrimiento y la enfermedad, sino la muerte misma. El futurismo sería la expresión de un entusiasmo ante la máquina, mientras que la eugenesia y el transhumanismo serían entusiasmos frente a la genética y a la información, respectivamente. Empezando con el futurismo, Ballesteros nos recuerda que su fundador fue Filippo Tommaso Marinetti, ideólogo y poeta italiano del XX que mostró simpatías con el fascismo de Mussolini. De acuerdo a nuestro autor, Marinetti abrigaba la pretensión de eliminar todas las deficiencias de la humanidad mediante la mecanización o robotización creciente del humano. Esto, para Ballesteros, conducía inmediatamente a la deshumanización, no sólo en el sentido obvio de que una gradual robotización del organismo humano arrojaría a la postre algo totalmente distinto al humano, sino también en el sentido más negativo de ‘deshumanización’. Cito:

Su proyecto de hombre no humano y mecánico iba unida a la defensa de todas las brutalidades del siglo XX: defendió la guerra como la única higiene de la humanidad, celebró los bombardeos, y despreció a la mujer como realidad al servicio del varón. Se adhirió de modo entusiasta al fascismo como exaltación de la fuerza y burla de la debilidad humana, mientras mostraba su total repulsa de la Iglesia Católica como defensora de los débiles.[1]

Algo similar pasó con el «entusiasmo por la genética», la eugenesia, que tuvo su origen en la obra del británico Francis Galton. En efecto, como bien lo apunta Ballesteros, la eugenesia no sólo tenía la intensión positiva de mejorar la especie humana incrementando el número de los individuos aptos o deseables -las razas superiores-, sino que tenía también una función negativa: reducir el número de individuos no aptos o indeseables. No hace falta recordar que esta doble función se plasmó pronto en la legislación norteamericana de comienzos del XX gracias al movimiento Parent Planned Federation of America, iniciado Margaret H. Sanger y que tuvo como uno de sus propósitos acabar con la «masa de negros producto de un error genético» (Negro Project), y posteriormente en las políticas eugenésicas del Tercer Reich, el más monstruoso experimento de limpieza humana que jamás haya presenciado el hombre.

Pues bien, una preocupación muy comprensible de parte de Ballesteros es que el transhumanismo vaya a tener consecuencias similares a las del futurismo fascistoide de Marinetti o a las del movimiento eugenésico socialdarwinista de Sanger o de Hitler. Es, por cierto, una preocupación que los mismos transhumanistas comparten, razón por la cual es injusto el juicio que hace Ballesteros sobre Nick Bostrom («líder de los transhumanistas») al calificarlo como alguien que «profesa una fe ciega» al movimiento transhumanista. En fin, según Ballesteros, así como el entusiasmo ante la máquina propio del futurismo tiene como correlato un «complejo de inferioridad» ante ésta, el transhumanismo supondría un complejo de inferioridad ante la información.

Se comienza por sentir envidia del ordenador, debido a la mayor velocidad y mayor exactitud de su capacidad de procedimiento de la información y se afirma que la naturaleza son hoy las bases de datos y se acaba reduciendo la humanidad a simple información genética y o electrónica de modo tal que todo lo humano se vuelve capaz de manipulación y pretendida mejora por medio de las tecnologías GNR: genética, nanotecnolo­gía y robótica.[2]

Esta idea ya es de suyo interesante, y confieso que yo mismo he sentido ese «complejo de inferioridad» cuando paso horas enteras tratando de ganarle a la computadora en una partida de ajedrez. No sé si Garry Kasparov habrá sentido lo mismo frente a Deep Blue en 1997.

La preocupación principal, pues, de Ballesteros es que antes que prometernos un futuro casi paradisíaco en el cual todos los humanos nos habremos transformado en posthumanos; un mundo en el que la esperanza de vida para todos sea superior a los 500 años; en el que nuestras capacidades intelectuales sea dos veces superiores al máximo que el hombre actual puede tener; en el que el dominio y control de los impulsos de los sentidos sea absoluto, sin padecimiento psicológico (así ha caracterizado Nick Bostrom al poshumano); antes que un mundo así, el movimiento transhumanista generará –sospecha Ballesteros- un escenario en el cual la especie humana estará dividida en dos categorías: los válidos y los inválidos. Puede concluirse entonces de manera provisoria que el determinante principal de la posición (a favor o en contra) que adopte un pensador ante el movimiento transhumanista depende del grado de optimismo o pesimismo con que vea el porvenir más probable y que, de acuerdo a pronósticos más o menos realistas, podría predecirse a partir de los postulados básicos del movimiento. Es en este sentido que Ballesteros, para justificar su visión pesimista, recurre a ejemplos históricos como el de la eugenesia -tan denostada a partir de 1945- que podrían funcionar como un símil, de manera que la lección histórica nos previniera de repetir los mismos errores cometidos, mas ahora con un movimiento contemporáneo que sin embargo parece tener los mismos rasgos esenciales que el ejemplo utilizado. Cabe señalar que los errores cometidos en la promulgación de alguna política, ley o procedimiento cuyos fines e intenciones no eran en principio malos, no necesariamente tendrían que resultar en la completa cancelación de la vía que propugnaban, de la misma manera que los errores cometidos por las personas del siglo XIX que intentaron sin éxito inventar una máquina voladora (y las ocasionales desgracias ocasionadas por esos errores) no motivó el abandono de todo intento por volar sino, al contrario, derivó en un perfeccionamiento progresivo de la técnica que a la larga resultó en el cumplimiento cabal del sueño del hombre de poder volar. No obstante, con todo y que la tecnofobia puede llegar a ser más perjudicial que muchos de los efectos de la tecnología de los cuales nos beneficiamos, es también cierto que la pregunta por la técnica, en su sentido ético, sigue teniendo hoy en día una importancia capital en la medida en que tenemos un amplio conocimiento de su posible mal uso y de muchos de sus efectos nocivos. En resumidas cuentas, los argumentos en contra del transhumanismo que siguen esta vía pesimista de considerar las consecuencias éticas, políticas y sociales del movimiento como mayoritariamente negativas, son, creo yo, perfectamente razonables y cualquier pro-transhumanista debería ser por lo menos sensible a ellos. Sin embargo, tal y como lo enuncia el manifiesto transhumanista, los cambios que la tecnología puede operar en nosotros son ya una realidad. No es pues un asunto que se pueda evitar. El hecho mismo de que la tecnología este cambiando ya nuestro modo de vivir y de ser vuelve insensato e inadmisible cualquier reclamo radical de parte de sus detractores en el sentido de detener toda acción que pueda encaminar a un futuro poshumano. Más bien es tarea de todos el consensuar, basándonos en investigaciones lo más exhaustivas posible y en discusiones éticas serias y profundas, el futuro de la legislación en torno al tema del uso legal e ilegal que pueda hacerse de las nuevas tecnologías por venir.

Ok, todo esto está muy bien, pero se me preguntará a estas alturas ¿qué tiene que ver todo esto con un cyborg cobarde; cuál es la relación entre transhumanismo y pusilanimidad humana? Bueno, pues ese es el tema que quería tratar aquí, el que me parece más interesante. Y es que en su ensayo Ballesteros, después de lanzar la advertencia ya mencionada líneas arriba de que el transhumanismo puede ser más una amenaza que una bendición para la humanidad, critica directamente la pretensión del movimiento de evitar, con ayuda de la tecnología, la enfermedad, la muerte y el sufrimiento. Voy a intentar ser lo más sintético posible al reproducir el argumento de Ballesteros: La inteligencia humana no puede reducirse a mera información; también es emocional y sintiente. Creer en la hegemonía de la información devalúa el saber en tanto que formación espiritual, en tanto que sabiduría (en seguida cita a Thomas Eliot: «Where is the wisdom we have lost in knowledge? Where is the knowledge we have lost in information?»). Además –dice- “la reducción del conocimiento a simple información y su entusiasmo tecnológico es lo que a su vez impide al posthumanismo establecer la distinción decisiva entre lo evitable y lo inevitable en las realidades de la enfermedad, del sufrimiento y de la muerte”.[1] Es cierto que hay muertes evitables –afirma-, pero la muerte, el sufrimiento y la enfermedad como tales son inevitables “en cuanto están ligadas a la realidad ontológica del ser humano, como ser contingente y finito derivado de su condición de criatura” (aquí comienzan a salir los rasgos teologales de sus argumentos, pero pasaremos esto por alto). Citando ahora a Karl Jaspers, Ballesteros está de acuerdo con él en que son en estas situaciones inevitables de las que no podemos salir y que no podemos alterar donde el sentido de la trascendencia aflora y donde el ser humano logra sobreponerse y superarse a sí mismo; es en ellas en donde nace toda sabiduría y todo verdadero conocimiento.[2] De ahí su defensa del homo patiens, para quien el sentido del sufrimiento –como diría Viktor Frankl- es más elevado que el sentido del trabajo y el sentido del amor. En pocas palabras, «sufrir significa crecer y madurar».

Pero los transhumanistas quieren escapar del homo patiens; uno de sus objetivos es, por ejemplo, el de acabar con todo el sufrimiento psicológico humano (dejemos a un lado la enfermedad y la muerte). La interesante crítica de Ballesteros recuerda mucho la actitud de Nietzsche frente a los utilitaristas y hedonistas en general, cuya doctrina ética también busca maximizar el placer y minimizar el dolor en aras de alcanzar la mayor felicidad posible. En la obra de Nietzsche hay pasajes hermosos (algunos cáusticamente hermosos) en los que no sólo se hace una apología del sufrimiento sino que se le canta y se le celebra como aquello que hace al hombre más fuerte, más animoso, más dominante.“[…] [S]i la felicidad fuese verdaderamente deseable para el hombre, el idiota sería el ejemplar más bello de la humanidad […]”, le dice Nietzsche a R. Granier en una carta de 1865. He escuchado de cierta equiparación del poshumano con el superhombre nietzscheano por parte de algunos pensadores del transhumanismo. Lo cierto es que Nietzsche moriría de risa si oyera tal cosa. El superhombre de Nietzsche no es aquel que ha logrado evitar todo sufrimiento gracias a artilugios y remedios tecnológicos añadidos a su débil constitución. El superhombre de Nietzsche es más bien aquel que se sabe sobreponer a todo sufrimiento y obtiene de ahí toda su potencia. Esa pretensión por parte de los pensadores del transhumanismo de acabar con el sufrimiento humano le parecería a Nietzsche una actitud verdaderamente pusilánime. Los cyborgs resultantes de los cambios que trajera en un futuro el transhumanismo serían seres esencialmente cobardes. Buscarían siempre todos los medios posibles de evitar el peligro y el sufrimiento. Inventarían todo el tiempo nuevas tecnologías para hacerse la vida más cómoda, menos riesgosa, y en fin, más insípida. No sabrían aprovechar los inapreciables beneficios que toda crisis trae consigo. Así pues, reconozco que en este punto capital no puedo sino estar de acuerdo con Ballesteros. La supresión del dolor no debe ser vista como el mayor de los bienes pues lo único que traería es una vida insulsa y desabrida. La pretensión de los transhumanistas tiene ciertamente un dejo de profunda e inconfesada cobardía. Yo no quiero alejar de mí vida ni el sufrimiento ni el dolor de cualquier tipo. Pues –pregunta Nietzsche- “¿[q]uién podrá esperar algo grande si no se siente con fuerza y voluntad para añadir a ello grandes dolores? […] lo grande, lo que forma parte de la grandeza, es no perecer de intranquilidad y de angustia interior cuando viene algún gran dolor y se le oye gritar”.[3] Por ello al contrario, invito a la crisis a visitarme cuando quiera, pues reconozco -con Nietzsche, con Jaspers, con Frankl y con Ballesteros- que en el dolor hay sabiduría.

Termino esta entrada con el aforismo #318 de La gaya ciencia que se titula precisamente “La sabiduría en el dolor”:

  1. La sabiduría en el dolor.
En el dolor hay tanta sabiduría como en el placer; ambos pertenecen a las fuerzas primordiales que conservan la especie. De no ser así, esta fuerza habría desaparecido hace mucho tiempo; el hecho de que haga daño no constituye un argumento contra él, sino que es su naturaleza. En el dolor oigo la voz de mando del capitán de barco: “¡Desplieguen las velas!” Ese audaz navegante que es el “hombre” tiene que ejercitarse en saber disponer las velas de mil modos, ya que de lo contrario estará perdido y el océano se lo tragará súbitamente. Debemos aprender a vivir también con una energía disminuida; en cuanto el dolor da la señal de alarma, llega el momento de disminuir la energía; un peligro grave, una tormenta cercana, y haremos bien en “inflarnos” lo menos posible. Es cierto que existen hombres que, ante un dolor inminente, obedecen al mandato contrario y que nunca se muestran tan orgullosos, guerreros y felices como cuando se levanta una tempestad; el dolor es el que les brinda sus momentos supremos. Son los hombres heroicos, los grandes mensajeros del dolor de la humanidad, esos hombres raros que necesitan la misma apología que el dolor en general. Verdaderamente, ¡no se la podemos negar! Constituyen fuerzas primordiales que conservan y desarrollan la especie, aunque no sea más que por el hecho de que renuncian a la comodidad y de que no disimulan el asco que les inspira esta clase de felicidad.[4]

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