Epicuro y el momento para filosofar

La famosa Carta a Meneceo, escrita por el filósofo griego Epicuro, es uno de los documentos más leídos, elogiados, censurados y citados de la historia de la filosofía occidental. Pertenecen a una época pletórica de inquietudes filosóficas: el helenismo, periodo intranquilo y turbulento por las consecuencias políticas y sociales que siguieron a la conquista de Oriente por parte de Alejandro Magno. Epicuro, segundo de cuatro hijos de una familia pobre, es el fundador de la escuela que lleva su nombre, el epicureísmo, que junto al estoicismo y al escepticismo, es uno de los movimientos filosóficos más importantes del periodo helenístico. Lo que encontramos en la Carta a Meneceo es un resumen del pensamiento ético de Epicuro. Dedicaremos ésta y algunas entradas más a exponer y a comentar este admirable texto.
Comienza Epicuro su carta con un llamamiento universal al cultivo de la filosofía. “Que nadie, por joven, tarde en filosofar, ni, por viejo, de filosofar se canse. Pues para nadie es demasiado pronto ni demasiado tarde en lo que atañe a la salud del alma” (1). Según Epicuro, aquel que dice que ya es demasiado tarde o demasiado pronto -por ser ya viejo o todavía muy joven- para el estudio de la filosofía, se parece a aquel que dice que el momento para ser feliz no ha llegado o ha pasado ya. Lo que quiere decir aquí Epicuro (según una convicción que es propia de la época) es que la filosofía y la felicidad están relacionadas de manera indisociable, esto es, que no puede haber verdadera felicidad sin el cultivo de la filosofía, ni puede uno practicar la filosofía sin ser feliz. Así, pues, como nadie pensaría en que alguien pueda ser demasiado joven o demasiado viejo para ser feliz (pues se puede ser feliz a cualquier edad), o, en otras palabras, así como nadie en su sano juicio diría que hay una edad oportuna o idónea para serlo, así tampoco se puede decir que para cultivar la filosofía haya una edad ideal. “De modo -sostiene Epicuro- que han de filosofar tanto el joven como el viejo”, pues a éste le sirve para “rejuvenecer” con la gratitud que pueda experimentar ante los bienes y los placeres que ya vivió, y a aquel para “envejecer” haciéndose más sabio al aprender a no temer lo que aún vendrá. “Es preciso, pues, meditar en las cosas que producen la felicidad, puesto que, presente ésta, lo tenemos todo, y, ausente, todo lo hacemos para tenerla”. Quedémonos con esta última frase que sin duda tiene mucha fuerza y es bastante persuasiva. Es preciso -dice- meditar en las cosas que producen felicidad pues si somos felices lo tenemos todo, y, si no lo somos, hacemos todo para llegar a serlo. Ya Aristóteles en su Ética Nicomáquea había señalado que si bien toda acción, producción de obra o investigación tienden hacia algún bien que es su finalidad (por ejemplo, la finalidad de la medicina es la salud, la de la estrategia la victoria, la de la economía la riqueza, etc.), el bien supremo al que todas parecen tender en último término es la felicidad. En efecto, no se desea la salud, la victoria o la riqueza sino para ser felices. Epicuro es de la misma opinión, salvo que, como veremos, Epicuro es uno de los primeros filósofos que sostienen que la búsqueda de la felicidad no es otra cosa que la búsqueda racional del placer. Hay que subrayar “racional” para que no se crea de entrada que la doctrina epicúrea defiende una vida disipada y voluptuosa. No, el hedonismo de Epicuro no promueve el vicio, promueve la búsqueda de placeres sencillos y naturales bajo la guía de la razón. Pero ya llegaremos a eso.

Para redondear y volver a nuestro asunto, meditar en las cosas que producen felicidad, es decir, en las cosas que producen placer, es una tarea para todas las edades. Y como la filosofía es precisamente ese ejercicio de meditación sobre las cosas que producen placer y felicidad, ha de ser cultivada por todos, independientemente de su edad, sexo, raza o condición social.

 

  1. Seguimos aquí la traducción y las notas de Pablo Oyarzún. Se puede encontrar el documento en el siguiente link: http://onomazein.letras.uc.cl/Articulos/4/23_Oyarzun.pdf

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