Epicuro y la actitud vulgar ante los dioses

Cualquier momento es bueno para filosofar —dice Epicuro—, pues en cualquier etapa de la vida hay que meditar sobre las cosas que producen la felicidad. La filosofía debe ser, pues, ocupación de toda la vida. Al joven le ayuda a no sentir temor del incierto futuro que tiene ante sí, mientras que al viejo le enriquece su presente al hacerle recordar con gratitud los bienes del pasado que ya disfrutó. Hay que hacer la aclaración siguiente: en la antigüedad la filosofía era más un modo de vida emparentado con la sabiduría y la vida buena que una erudición libresca propia de una profesión académica. Hoy es posible encontrar filósofos profesionales muy exitosos, leídos y comentados y sin embargo profundamente viciosos o acongojados. En la antigüedad un filósofo apesadumbrado o de vida disipada era simplemente un contrasentido. La Carta a Meneceo de Epicuro tiene, para nuestros días, precisamente una importancia invaluable en la medida en que nos devuelve ese significado de filosofía que la pone más del lado de la felicidad, de la virtud y de la vida buena que de la seca erudición de la academia. Con esto no quiero decir que la filosofía en tanto profesión, tal como se entiende hoy, no provea al estudioso de valiosos recursos para meditar sobre la propia vida y hacerse de un modus vivendi construido con la razón y el sano juicio. Es opinión de muchos filósofos que las herramientas con las que el estudio de la filosofía dota al individuo sirven, sí, para criticar con método y rigor difíciles teorías y sistemas, pero también (aunque no en todos los casos) para construir una suerte de sabiduría personal en relación con el trabajo, las relaciones personales o, en general, las dificultades normales que la vida suele presentarnos. Esto, como ya dije, muchas veces no es el caso. Hay que dirigir la razón hacia un fin determinado que, en el caso que nos ocupa, es la felicidad y que Epicuro entiende como placer y ausencia de dolor. ¿Cuáles son, pues, para Epicuro los elementos de esta felicidad?
La Carta a Meneceo se ocupa precisamente de la exposición de los elementos que producen la felicidad y para Epicuro estos elementos son solamente cuatro, cuatro preceptos éticos fundamentales. Se trata de lo que el epicureísmo llamó posteriormente el tetraphármakon, es decir, el “cuádruple remedio”. La filosofía de Epicuro, tanto como la de los estoicos o los escépticos, era concebida, efectivamente, como una suerte de remedio para el alma, como una medicina que debían procurarse aquellos que estuvieran aquejados de males y dolores de tipo (por decirlo de algún modo) espiritual. La filosofía así concebida tiene entonces un carácter curativo y liberador. Nos cura de los males, nos libera del dolor. Pues bien, el primer principio del tetraphármakon de Epicuro es la recta y piadosa opinión sobre los dioses, actitud que nos liberaría del terror hacia ellos, pero también de actitudes estúpidas como el pretender que un dios, que por definición es incorruptible y bienaventurado, pueda interesarse por nuestra situación y hacer caso a nuestras súplicas. Esta es la opinión que el vulgo tiene sobre los dioses -dice Epicuro. Hay que recordar que en aquella época la religión predominante era politeísta, religión que poco tiene que ver con el monoteísmo cristiano que prevalece hoy en nuestras sociedades occidentales. Pero tal como nosotros hoy, los creyentes de aquella época también temían la ira de sus dioses y les pedían favores (a veces totalmente ridículos). Esta actitud es la que combate Epicuro, teniéndola por vulgar e irrazonable. Como dice Pablo Oyarzún, traductor y anotador de la Carta: “Lo esencial de la opinión vulgar estriba en que confiere al dios un interés en los asuntos del mundo y, particularmente, en los nuestros, una voluntad –o capricho– de intervenir en ellos, que puede, incluso, ser influenciada por los actos humanos de culto y veneración, a la manera del soborno”. Pensar así -sostiene Epicuro- es no respetar los rasgos esenciales de la divinidad, pues un dios que se enoja no es perfecto ni bienaventurado, así como un dios sobornable puede parecer algo caprichoso o voluble, rasgos absolutamente incompatibles con la perfección divina. Por supuesto Epicuro fue tachado de ateo por estas aseveraciones. En efecto, decir que los dioses no se preocupan de nuestros asuntos es, para muchos, tanto como decir que no existen. ¿Para qué, si no, los creamos entonces en primer lugar? ¿Quién necesita a un dios que no se preocupe por la humanidad, que no castigue a los malos y que no atienda a nuestras súplicas? Epicuro pensaba que teníamos que atender los asuntos humanos sin mirar al cielo, pues las falsas suposiciones sobre los dioses acarreaban, según él, graves daños a los hombres. Daños que no eran, evidentemente, provocados por los dioses, sino por la propia irracionalidad de los hombres que esperan ahí donde no hay nada que esperar y temen aquello de lo que nada hay que temer. Entre los dioses y nosotros hay, según Epicuro, un abismo insalvable. Los dioses sencillamente no están para nosotros. Y entender esto es, de acuerdo a su doctrina, el primer paso a la sabiduría y a la felicidad.

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