¿Es el neoestructuralismo francés una nueva sofística?

Hay en el espléndido libro El problema del ser en Aristóteles, de Pierre Aubenque, un subcapítulo (el I.II del Capítulo segundo del libro dedicado al problema del Ser y el lenguaje) que se titula “Teorías sofísticas del lenguaje”. Llamó mi atención dicho apartado pues la exposición con que comienza Aubenque a describir las características generales de las teorías sofísticas del lenguaje, no deja de tener un inmenso parecido con lo que filósofos neoestructuralistas como Deleuze, Foucault o Derrida proclaman en lo referente al estatuto del lenguaje en general y del discurso filosófico en particular. Para Aubenque, el lugar común de retóricos y sofistas es la «omnipotencia del discurso». Sofistas y retóricos exaltan por sobre todas las cosas las funciones del lenguaje. Tal y como afirma Gorgias en el Elogio de Elena: “El discurso es un poderoso señor que, bajo las apariencias más tenues e invisibles, produce las obras más divinas”. Pero no exaltan todas las funciones del lenguaje por igual, pues la expresión y la transmisión son funciones que para los sofistas son, a lo sumo, propias del discurso banal (como cuando expreso “tengo hambre” o cuando transmito que “el profesor se ha ido ya”). Los sofistas se quedarán solamente con el poder de persuasión del discurso, pues para ellos se trata menos de hablar de que de hablar a. En otras palabras, el objeto del discurso (objeto del que se habla) importa mucho menos que la acción que el discurso tiene sobre el interlocutor o el auditorio. Así, “la verdadera potencia del discurso se revela […] cuando es ella la que sustituye a la evidencia de las cosas, haciendo parecer verdadero lo que es falso, y falso lo que es verdadero […] Lejos de dejarse guiar por las cosas, el discurso les impone su ley; abogado de las causas perdidas, sustituye el orden natural por el de las preferencias humanas”.[1] Es así como, de acuerdo a Aubenque, para los sofistas la ciencia del discurso se convertía en la ciencia universal.

Pues bien, como decía, existen palpables similitudes entre estas características de las teorías sofísticas del lenguaje (aquí muy escuetamente esbozadas) y las tesis que los filósofos franceses arriba mencionados sostienen a la hora de establecer el estatuto del lenguaje en sus respectivas filosofías. Obsérvese si no el constructivismo deleuziano, mismo que tiene a la filosofía por una disciplina que en estricto rigor es la encargada de crear conceptos nuevos que “tallen” a su manera el acontecimiento. Es bien conocido que a lo que Deleuze se opone es a la filosofía de la representación, misma que se atiene al reconocimiento de las cosas y los estados de cosas y que por lo tanto se limita a ser una especie de «espejo de la naturaleza». Para él, como para los sofistas, las funciones del lenguaje que se quedan en la expresión o en la transmisión, funciones propias de la representación, tienen un valor tan ínfimo que apenas tienen una importancia escolar. No quiero decir que niegue Deleuze que tal función del lenguaje exista, sino que simplemente se resiste a creer que en esa función tan gansa se pueda jugar el destino del pensamiento: “Por un lado –afirma-, es evidente que los actos de reconocimiento existen y ocupan gran parte de nuestra vida cotidiana: es una mesa, es una manzana, es el trozo de cera, bueno días, Teeteto. Pero, ¿quién puede creer que el destino del pensamiento se juega en eso, y que nosotros pensamos cuando reconocemos?”.[2] No acabaríamos de traer a cuento citas que confirmarían que la apuesta deleuziana por abandonar el ámbito de la filosofía de la representación lo acercan de hecho a las teorías sofísticas del lenguaje. Lo mismo podría decirse de Derrida. Sus análisis sobre el lenguaje y la escritura son extremadamente densos y complejos y no sería este el lugar para comenzar a analizarlos. Baste apuntar aquí que una de las consecuencias de los análisis derridianos sobre el lenguaje y el descubrimiento de la escritura como el verdadero trascendental de la experiencia, es la afirmación de que ya no puede seguir diferenciándose de manera seria entre textos o discursos que, como el filosófico, han pretendido convencernos de que nos proporcionan la verdad objetiva, y otros como la literatura, que no pretenden cosa semejante. O véase también la filiación retórico-nietzscheana de Foucault. Nietzsche –nos recuerda Foucault- sacudirá el modelo de verdad objetiva y desinteresada para afirmar 1) que detrás de todo saber hay un juego tiránico de instintos; 2) que la “verdad” no es sino un caso muy particular del error general; 3) que ésta no depende de un sujeto, sino de una multiplicidad de síntesis históricas traslapadas; 4) por último –y esto nos interesa particularmente-, que la verdad no consiste en un conjunto de significaciones originarias, sino que constituye en cada ocasión una invención singular.[3] De ahí que la Verdad, así, con mayúscula, sea sustituida por «juegos de verdad», o más bien por «procedimientos de lo verdadero». “La verdad es inseparable de un procedimiento que la establece”, dirá más tarde Deleuze comentando a Foucault.[4] En todo ello el tema y el problema del lenguaje es fundamental y para Foucault hay sin duda un «retorno del lenguaje» en las cuestiones más interesantes de nuestra época. “Toda la curiosidad de nuestro pensamiento –afirma- se aloja ahora en la pregunta: ¿Qué es el lenguaje, cómo rodearlo para hacerlo aparecer en sí mismo y en su plenitud?”.[5] Este era también, como ya se puede ver, el principal objeto de interés por parte de los sofistas, y no cabe duda de que cuando Foucault afirmaba que él, en sus obras, nunca hizo otra cosa que «ficcionar», ese ficcionar era –en palabras de Deleuze- una auténtica «producción de realidad» no muy alejada de lo que los sofistas querían cuando, lejos de dejarse guiar por las cosas, pretendían con el discurso imponerles su propia ley.

[1] Pierre Aubenque, El problema del ser en Aristóteles, pág. 88.

[2] Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, pág. 209.

[3] Me baso aquí en el pequeño resumen del tema que elabora Frédéric Gros en su Michel Foucault, pág. 78.

[4] Gilles Deleuze, Foucault, pág. 91.

[5] Michel Foucault, Las palabras y las cosas

Gorgias

Gorgias

, pág. 320.

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