Foucault: poder y resistencia al poder (Parte I)

La democracia en México no tiene ni quince años de vida. Es una democracia joven, muy joven, una democracia -se suele decir a menudo- en pañales. Si nos pusiéramos a enumerar los rasgos de nuestro “infantilismo” democrático, tendríamos que mencionar tal vez en primer lugar los preocupantes niveles de corrupción que existen en las altas esferas del poder, la connivencia de éstas con el crimen organizado, la funesta impunidad de los delitos que se cometen o la evidente falta de capacidad para gobernar. En una palabra, el abuso del poder. Pero también tendríamos que mencionar la falta lamentable de ciudadanía, es decir, la escasa participación y contribución y el casi nulo interés de la mayor parte de los ciudadanos por cuestiones o problemas que les incumben de manera directa; problema aparte pero directamente relacionado con los primeros puesto que es en buena medida lo que propicia que nuestros gobernantes sean corruptos, ineptos o de plano criminales. Yo querría hablar un poco de ciudadanía y un poco sobre el tema del poder. Querría hablar del poder que la ciudadanía puede ejercer en una sociedad nacientemente democrática como la nuestra. Y querría hacerlo partiendo de un filósofo, pensando con él: se trata de Michel Foucault. Un filósofo que si bien es europeo (Enrique Dussel estaría aquí muy atento a aplicar su “sospechómetro”), es decir, si bien la situación o el contexto desde donde pensó este filósofo francés puede ser muy distinto al de nuestra realidad mexicana, Foucault ha analizado los fenómenos del poder de una manera no sólo original, sino, creo yo, fructífera y provechosa sobre todo para países (como México) en los que la dominación abusiva por parte de los poderes establecidos se ha vuelto ya intolerable. Así pues, hoy querría hablar con conceptos y temas foucaultianos, pero teniendo siempre en mente a México, al México que hoy vivimos todos.

Primera cuestión: el cuerpo. Para Foucault el cuerpo dista mucho de ser únicamente el asiento de necesidades y apetitos, el lugar de ciertos procesos fisiológicos y metabólicos o el blanco de ataques microbianos y virales. El cuerpo del que nos habla el filósofo francés es principalmente un cuerpo inmerso en un campo político, un cuerpo atravesado de cabo a rabo por relaciones de poder que –afirma- “lo convierten en una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a trabajos, lo obligan a ceremonias, exigen de él signos”. No se debe pensar que Foucault habla aquí solamente del cuerpo del preso o del condenado (pues el subtítulo del libro que citamos ahora, Vigilar y castigar, reza “nacimiento de la prisión” y el texto pone ciertamente un énfasis muy marcado en los mecanismos de control y vigilancia penitenciarios), el cuerpo aquí es también el de nosotros, seres humanos normales, honrados, trabajadores. Subrayo “normales” precisamente porque el cuerpo, más adelante lo veremos, es de cierta forma normado o normalizado por las relaciones de poder que lo atraviesan y que exigen de él su utilización económica. Pues este cuerpo nuestro, cuerpo finalmente enérgico, musculoso y nervudo, es en sí mismo el asiento o la fuente de múltiples y variadas formas de fuerza y de destreza. Pero el cuerpo sólo se convierte en fuerza útil –afirma Foucault- cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido. Y sin embargo, cuando uno pudiera pensar que el sometimiento sólo podría concebirse en términos de dominación violenta o de constreñimiento agresivo (como efectivamente sería el caso en las prisiones, pero también el de ciertas ideologías), Foucault no se cansa de insistir en que el sometimiento puede muy bien ser inmediato y físico y sin embargo no ser violento: “puede ser calculado, organizado, técnicamente reflexivo, puede ser sutil, sin hacer uso de las armas ni del terror y, sin embargo, permanecer dentro del orden físico”. Y por el hecho de ser precisamente calculado, organizado y técnicamente reflexivo, este sometimiento del cuerpo supone un saber del cuerpo que no se parece en nada a la ciencia de su funcionamiento (medicina, anatomía, fisiología, etc.) y un dominio de sus fuerzas que nada tiene que ver con la capacidad para anularlas. Este saber y este dominio constituyen lo que Foucault llama «tecnología política del cuerpo» y que englobará en una sola noción: la disciplina. En la disciplina se trata de tecnologías multiformes y difusas, raramente formulada en discursos, y en la que se trata de cierta «microfísica del poder».

Antes de abordar con más detenimiento el concepto de “disciplina” en Foucault quisiera atender primero a las tesis fundamentales de las que parte con respecto al tema del poder. Hablar del poder, sin embargo, suele llevar a equívocos pues no se debe hacer del poder un sustantivo y mucho menos en singular. El primero de los postulados sobre el poder que Foucault ataca es el postulado de la propiedad. El estudio de lo que Foucault llama “disciplinas”, de la microfísica del poder que ellas suponen, exige:

Que el poder que en ella se ejerce no se conciba como una propiedad, sino como una estrategia, que sus efectos de dominación no sean atribuidos a una “apropiación”, sino a disposiciones, a maniobras, a tácticas, a técnicas, a funcionamientos; que se descifre en él una red de relaciones siempre tensas, siempre en actividad, más que un privilegio que se podría detentar; que se le dé como modelo la batalla perpetua más que el contrato que opera un traspaso o la conquista que se apodera de un territorio. Hay que admitir, en suma, que este poder se ejerce más que se posee, que no es el “privilegio” adquirido o conservado de la clase dominante sino el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas, efecto que manifiesta, y a veces acompaña, la posición de aquellos que son dominados.

Esta larga cita vale oro y mantengo que los mexicanos deberían grabarla con fuego en lo más hondo de su ser. Analicémosla. Para empezar Foucault nos pide que el poder no sea concebido como una propiedad, sino como una estrategia. ¿Qué significa esto? Que ordinariamente se piensa al poder como algo que los poderosos poseen, ya sea porque tienen un cargo público que les otorga poder, ya sea porque poseen ciertos bienes (como el dinero) o relaciones influyentes que les permite tener acceso a ciertos cotos de poder. En este sentido el poder sería semejante a una propiedad que se adquiere o se consigue de algún modo que puede ser legítimo o ilegítimo pero que una vez que se posee puede ser aumentado o disminuido, transferido, donado, dilapidado, perdido, etc. El poder así concebido se comporta pues como una propiedad. Sin embargo Foucault nos dice que el poder no funciona así, que el poder no debe ser pensado como algo casi físico que podría poseerse o no, sino que lo auténticamente real son las relaciones de poder, mismas que ponen en juego algo muy distinto a una posesión: sus efectos de dominación -afirma- son consecuencia de disposiciones, maniobras, tácticas, técnicas y funcionamientos que están trabadas en “relaciones siempre tensas, siempre en actividad”. Esta es una simple pero poderosa idea, y lo que quiero sostener en esta modesta entrada es que las consecuencias para una sociedad de sustituir la concepción del poder como propiedad por esta otra que lo concibe como relaciones entre estrategias, maniobras, etc., podrían ser enormes. ¿Por qué? Porque cuando el poder se concibe como una propiedad, parece indudable que quienes se han apropiado de una desmesurada cantidad de él son nuestros políticos y gobernantes (y tal vez algunos empresarios). Si fuera el caso que éstos son corruptos, ineficientes o criminales, la sociedad, carente de poder, tendría muy poco que hacer frente a los “abusos del poder”, pues evidentemente quien posee el poder lo puede utilizar en todo momento para perpetuarse en el poder, para mantener su dominio, para otorgar poder a los suyos, para reprimir a sus críticos y opositores y para quitarles el poco poder que pudieran éstos poseer. Si el poder es cosa de posesión, el poder sería, como el oro, el agua o la tierra, un bien escaso que tendría que ser repartido. Mal repartido, quienes posean la mayor cantidad de poder tienen una ventaja insuperable frente aquellos que carecen del mismo. Ello crea la sensación de que no hay mucho que hacer, de que los poderosos sólo podrían ser despojados de su poder ya sea mediante las armas, ya sea mediante la elección de otro “poseedor del poder” que eventualmente, claro está, llegará a ser también alguien que abuse del poder que confiadamente se le otorgó. Todo esto cambia cuando se concibe el poder no en términos de apropiación sino como estrategia, como táctica, como algo -nos dice Foucault- que se ejerce más que se posee. En este caso no sólo los políticos y gobernantes son los únicos capaces de establecer estrategias y tácticas de poder: ¡cualquiera puede hacerlo! Del encontronazo de las estrategias de ambos lados surgen relaciones de poder que son relaciones de fuerza siempre tensas, siempre en actividad y que están sujetas a invertirse en cualquier momento. Tiene pues -sostiene Foucault- como modelo la batalla, no un contrato que opera un traspaso (de poder) o la conquista que se apodera de un territorio. Al respecto comenta Deleuze, atento lector de Foucault: “Se puede concebir una lista, necesariamente abierta, de variables que expresan una relación de fuerzas o de poder y que constituyen acciones sobre acciones: incitar, inducir, facilitar o dificultar, ampliar o limitar, hacer más o menos probable… Esas son las categorías de poder”. Categorías, añadimos nosotros, que son susceptibles de ser ejercidas por cualquier persona, tenga o no un cargo público, tenga o no dinero. El poder no es entonces “el «privilegio» adquirido o conservado de la clase dominante, sino -atiéndase bien- el efecto de conjunto de sus posiciones estratégicas”. Foucault nos quiere decir con esto que si los dominantes parecen tener un poder efectivo y visible, tal visibilidad no sería el efecto del hecho de que poseen poder, sino sólo el efecto de conjunto de numerosas y variadas estrategias que ejercen de manera sistemática y organizada de cara a la sociedad. Y si tales estrategias no parecen tener un contrapeso en la ciudadanía, es porque  (lo dice al final de la cita) su efecto manifiesta y a veces acompaña la posición de aquellos que son dominados. En una palabra: los dominados le damos toda la aquiescencia a las estrategias de poder de quienes nos dominan. ¿Por qué? ¿No será precisamente porque seguimos creyendo que son ellos quienes poseen el poder?  [CONTINÚA EN LA SEGUNDA PARTE…]. (¡No olvides tus comentarios! Aquí nos interesa el diálogo).

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