Imperio y biopolítica

El tránsito del imperialismo -orden mundial dominado por los Estados-nación soberanos- hacia el imperio, tiene como síntoma principal la declinante soberanía de estos Estados-nación, síntoma que se expresa en una creciente incapacidad por parte de éstos para regular los flujos económicos y culturales producto del trabajo humano. La soberanía en el imperio adquiere así otro cariz, otra forma compuesta por una serie de organismos nacionales y supranacionales que, sin estar dirigidos por ningún centro de poder y sin sustentarse en fronteras o barreras fijas, están sin embargo unidos por una única lógica de dominio. El poder del imperio es ubicuo, sutil y penetra en lo más íntimo del mundo social que habita pues presenta la forma paradigmática del biopoder. En efecto, Michael Hardt y Antonio Negri reconocen que Michael Foucault les preparó el terreno para la investigación del funcionamiento material del dominio imperial que estos autores emprenden en este fascinante libro titulado Imperio. Así, la transición histórica del imperialismo al imperio se corresponde con aquella que Foucault describiera en Vigilar y castigar: el tránsito de la sociedad disciplinaria a la sociedad de control. En la sociedad disciplinaria la dominación social se efectúa mediante una red de dispositivos y aparatos que producen y regulan las costumbres, los hábitos y las prácticas productivas. El objetivo de las instituciones disciplinarias es hacer trabajar a la sociedad y asegurar la obediencia a su dominio y a sus mecanismos de inclusión y exclusión. La prisión, la fábrica, el instituto neuropsiquiátrico, el hospital, la escuela, la universidad, etc., mediante las normas reguladoras que emanan de cada uno de sus ámbitos, estructuran el terreno social y lo someten a las lógicas de la razón disciplinaria. “En efecto, el poder disciplinario gobierna estructurando los parámetros y los límites del pensamiento y la práctica, sancionando y prescribiendo las conductas normales y/o desviadas” [Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, pág. 44.]. Diríamos que en la sociedad disciplinaria el foco del poder y de dominación conserva una posición trascendente con respecto a los cuerpos (y conciencias) que domina. Es como un corsé que modifica al cuerpo y sus acciones desde fuera, posibilitando entonces que al cuerpo rebelde se le pueda segregar, aprisionar o destruir. La sociedad disciplinaria aparece en la modernidad, específicamente -piensan los autores- en la primera fase de acumulación capitalista. La sociedad de control es muy diferente y su poder de sometimiento es mucho más sutil. Desarrollándose en el borde último de la modernidad y extendiéndose a la era posmoderna, la sociedad de control se caracteriza por tener mecanismos de dominio más «democráticos» (lo que equivale a decir «más voluntariamente aceptados socialmente», ya no «tolerados» sino más bien «deseados», «buscados»). El carácter trascendente de los mecanismos de control de la sociedad disciplinaria pasan ahora en las sociedades de control a estar más inmanentes al campo social, distribuyéndose completamente por los cerebros y los cuerpos de los ciudadanos, “de modo tal que los sujetos mismos interiorizan cada vez más las conductas de integración y exclusión social adecuadas para este dominio”[Ibid.]. Los cerebros y los cuerpos están organizados directamente por maquinarias (como los sistemas de comunicación y las redes de información) con el propósito de “llevarlos hacia un estado autónomo de alienación, de enajenación del sentido de la vida y del deseo de creatividad”[Ibid.]. Hardt y Negri son contundentes aquí: el poder de las sociedades de control coarta la libertad de las personas, las aliena y les reprime su creatividad con la aquiescencia de esas mismas personas a quienes oprime. Su poder es aún más efectivo que el de las sociedades disciplinarias en la medida en que llega a constituir una función vital e integral que cada individuo apoya y reactiva voluntariamente. Los mecanismos de poder de la sociedad de control administra la vida misma. Escuchamos a Foucault a través de los autores de Imperio:

El poder disciplinario mantenía a los individuos en instituciones pero no lograba absorberlos completamente en el ritmo de las prácticas productivas y la socialización productiva; no lograba penetrar enteramente en las conciencias y los cuerpos de los individuos, ni llegaba a tratarlos y organizarlos en la totalidad de sus actividades. En la sociedad disciplinaria, la relación entre el poder y el individuo continuaba siendo una relación estática: la invación disciplinaria del poder correspondía a la resistencia del individuo. En cambio, cuando el poder llega a ser completamente biopolítico, la maquinaria del poder invade el conjunto del cuerpo social que se desarrolla en su virtualidad. Esta relación es abierta, cualitativa y afectiva. La sociedad, absorbida dentro de un poder que se extiende hasta los ganglios de la estructura social y sus procesos de desarrollo, reacciona como un solo cuerpo. El poder se expresa pues como un control que se hunde en las profundidades de las conciencias y los cuerpos de la población y, al mismo tiempo, penetra en la totalidad de las relaciones sociales.

Tenemos así que el poder de las sociedades de control es interiorizado y aceptado por los individuos, lo que vuelve instantáneamente toda crítica imposible pues ésta ya no podría ejercerse contra un poder externo sino que tendría que ser de entrada y forzosamente una autocrítica. Imperio es pues una crítica de nosotros mismos, de aquello que más gustosamente aceptamos de nosotros. Es una mirada a nuestro punto ciego con el noble propósito de liberarnos de una opresión de la que ni siquiera nos percatamos. Seguiremos revisando las tesis de este fabuloso libro en posteriores entradas.

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