La epimeleia heautou no es para las masas

Veíamos en entradas anteriores que la epimeleia heautou era para los griegos cierta actitud hacía sí mismo y cierta actividad u ocupación sobre sí mismo que Foucault traduce indistintamente como cuidado de sí, preocupación de sí o inquietud de sí. Según el filósofo francés, la epimeleia heautou tiene los siguientes componentes. Cito:

– En primer lugar, el tema de una actitud general, una manera determinada de considerar las cosas, de estar en el mundo, realizar acciones, tener relaciones con el prójimo. La epimeleia heautou es una actitud: con respecto a sí mismo, con respecto a los otros, con respecto al mundo.

– En segundo lugar, la epimeleia heautou es también una manera determinada de atención, de mirada. Preocuparse por sí mismo implica convertir la mirada y llevarla del exterior […] hacia “uno mismo”. La inquietud de sí implica cierta manera de prestar atención a lo que se piensa y lo que sucede en el pensamiento.

– En tercer lugar, la noción de epimeleia no designa simplemente esa actitud general o forma de atención volcada hacia uno mismo. La epimeleia también designa, siempre, una serie de acciones, acciones que uno ejerce sobre sí mismo, acciones por las cuales se hace cargo de sí mismo, se modifica, se purifica y se transforma y transfigura.

Ahora bien, ¿quién debe preocuparse por sí mismo? ¿Tendríamos todos el derecho y la capacidad de ejercitarnos en el cuidado de sí, o sólo está reservado a unos cuantos? La noción de epimeleia heautou tiene una historia -según Foucault- que va de Platón (427 a 347 a.n.e)  a Gregorio de Nisa (330 a 400 d.n.e aprox.), historia en la cual la noción va tomando diversas características. Aunque se sabe que los ejercicios encaminados a modificar el alma y a mejorarla se remontan a tradiciones mucho más antiguas, la encontramos por primera vez enunciada así, como epimeleia heautou, en el diálogo del Alcibíades atribuido (dudosamente) a Platón. La tradición platónica y neoplatónica caracterizará a la inquietud de sí, primeramente, como una actitud y una práctica cuya realización y forma están dominadas por el “conócete a ti mismo”, esto es, por el autoconocimiento. Este autoconocimiento será, segundo punto, el que dará a la persona acceso a la verdad en general. Tercer punto, este acceso a la verdad a través del autoconocimiento permitirá reconocer lo que puede haber de divino en uno mismo. Pero además –y a esto quería llegar- en el Alcibíades la epimeleia heautou, la preocupación por uno mismo, es un privilegio de los gobernantes, o, mejor dicho, es un derecho y además un deber para ellos puesto que tienen que gobernar. En el diálogo Sócrates interpela a Alcibíades diciéndole que, siendo éste de buena cuna y estando destinado por ello al mando, debe ocuparse de sí mismo para poder gobernar a los demás como corresponde cuando llegue el momento, por lo que si bien el objeto de la epimeleia heautou es uno mismo, su fin no es en última instancia uno mismo sino la ciudad. Para Foucault será muy interesante constatar cómo este imperativo de la inquietud de sí va a generalizarse en cierto modo para convertirse en un imperativo “para todo el mundo”. En efecto, la evolución de la epimeleia heautou prosiguió a lo largo de toda la época helenística, en gran parte bajo el efecto de las filosofías cínica, epicúrea y estoica que se presentaron como artes de vivir, de suerte que en esta época las determinaciones que caracterizaban en el Alcibíades la necesidad de preocuparse por sí mismo habían desaparecido.

En primer lugar, la preocupación por sí mismo se convirtió en un principio general e incondicional, un imperativo impuesto a todos, todo el tiempo y sin condición de estatus. En segundo lugar, la preocupación por sí mismo parece no tener ya por razón de ser una actividad bien específica, la consistente en gobernar a los otros. Al parecer, su fin último no es ese objeto particular y privilegiado que es la ciudad; si ahora uno se ocupa de sí mismo, lo hace para sí y se erige como fin.

Sin embargo, pese a la generalización del imperativo, éste va a encontrarse con dos limitantes:

La primera es que para ocuparse de sí, es preciso además tener capacidad, tiempo, cultura, etcétera. Se trata de un comportamiento de élite. Y aun cuando los estoicos, los cínicos, digan a la gente, a todo el mundo, “ocúpate de ti mismo”, en realidad esto sólo podrá convertirse en una práctica en y para la gente con la capacidad cultural, económica y social para ello. En segundo lugar […] ocuparse de sí mismo tendrá como efecto -y tiene como sentido y meta- hacer del individuo que se ocupa de sí mismo alguien distinto con respecto a la masa, a esa mayoría, esos hoi polloi, que son precisamente las personas absorbidas por la vida de todos los días.

De acuerdo a Foucault la expresión griega hoi polloi significa literalmente “los varios” o “los numerosos” y designa, desde Platón, a la gran mayoría opuesta a la élite competente y sabia. En resumidas cuentas el cuidado de sí, incluso en épocas como la helenística en las que el imperativo estaba dirigido a todos en general, en realidad, en la práctica, sólo podían seguirlo aquellos que tuvieran la capacidad, el tiempo, los recursos y la cultura suficientes.

Es aquí donde yo me pregunto si en una sociedad como la nuestra podría aspirar la mayoría a la epimeleia heautou tal y como la entendían los antiguos. Mi respuesta inmediata es: No. El mundo está repleto de “personas absorbidas por la vida de todos los días”. Estamos demasiado ocupados con nuestros trabajos, nuestros eventos sociales y nuestros esporádicos descansos como para poder ocuparnos realmente de nosotros mismos. La gran mayoría de nosotros se pasa la vida en una oficina en tareas monótonas y alienantes que en nada colaboran con nuestro crecimiento personal. Digo “crecimiento personal” y no “crecimiento laboral”, que es en lo que la mayoría ocupa su vida madura en aras de hacer crecer el patrimonio y el nivel de vida. Pero ello, ya lo vimos muchas veces, no es epimeleia heautou. Si bien el cuidado de sí tiene un aspecto formativo, éste nada tiene que ver con el aprendizaje de un oficio o con una meta profesional. Estudiar una licenciatura y un posgrado, aprender inglés y francés, tomar un diplomado en finanzas personales no es cuidar de sí en el sentido griego. Oigamos a Foucault:

En la práctica de sí cuyo desarrollo constatamos durante el periodo helenístico y romano […] hay un aspecto formativo que está esencialmente ligado a la preparación del individuo. Pero no una preparación para tal o cual forma de profesión o actividad social: no se trata, como en el Alcibíades, de formar al individuo para que se convierta en un buen gobernante; al margen de cualquier especificación profesional, se trata de formarlo para que pueda soportar como corresponde todos los accidentes eventuales, todas las desdichas posibles, todas las desgracias y todas las caídas que puedan afectarlo. Se trata, por consiguiente, de montar un mecanismo de seguridad. Esta formación, esta armazón, […] es lo que los griegos llaman paraskue, que Séneca traduce más o menos como instructio. La instructio es la armazón del individuo frente a los acontecimientos y no, en absoluto, la formación en función de una meta profesional determinada.

Por ello me temo que nuestras sociedades modernas, sociedades que el mismo Foucault definiera como sociedades de control, están condenadas a ser sociedades habitadas en su mayoría por hoi polloi, por la masa que, como dice Félix Guattari, está massmediatizada y embrutecida de una manera pasmosamente lamentable. Si en otras entradas la pregunta era “¿Cuánto vale tu subjetividad?” atendiendo al criterio económico que dicta que valen más aquellas a las que se les ha dedicado más tiempo y esfuerzo pero que por lo mismo son escasas, esta entrada tiene una conclusión forzosamente pesimista. Las mayorías no tienen el tiempo ni los recursos para cuidar de su subjetividad. Desde la antigüedad hasta nuestros días la epimeleia heautou ha estado destinada únicamente a ciertas élites. ¿Está la gran mayoría hoy en día destinada a vivir y a morir en la grisura de sus alienadas vidas?

11 thoughts on “La epimeleia heautou no es para las masas

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  9. Anónimo

    Mis respetos. Logras lo que la gran mayoría de los académicos, con sus tesis, maestrías y doctorados, no logran: llevar las ideas más importantes de los autores ( en este caso, Foucault) a la vida real de cada uno de nosotros, tanto los que conocen del tema como los que no.

  10. Amaro

    Buenas, entiendo que sólo estás dejando asentada tu postura al respecto de un concepto filosófico. Lo que no logro entender, y quizá tengas la amabilidad de aclarar, es la relación entre la praxis vital específica y la imposibilidad, que resaltás, de masificarse. De entrada sería un anacronismo pensar que una praxis vital de la antigüedad podría ser aplicada a la perfección en nuestro mundo actual, no se le puede reclamar a la antigüedad no adecuarse a nuestro mundo. En segundo lugar, lo fascinante de la antigüedad es justamente que nos sirve para hacer puerto y anclar ahí algunas ideas, explorar soluciones a problemas actuales. A mí me parece que a pesar de todo el tiempo transcurrido, seguimos sufriendo males similares, a nivel filosófico; y los antiguos pensaron resolverlos mediando la filosofía. Esta idea hoy en día nos parece absurda: que la filosofía pueda sanar, sostener, alegrar; pero como lector de Spinoza entenderás a lo que me refiero, y entenderá la belleza que ahí radica.
    En tercer lugar, y volviendo a mi cuestión inicial: no creo que esté en la misma praxis vital la imposibilidad de ser masiva, al ser una praxis individual es tan susceptible de ser aplicada por cualquiera; tampoco creo que se necesite un gran nivel económico ni intelectual para llevar a cabo la epimeleia heautou y a eso nos lo enseñan las escuelas de la antigüedad, y justamente ahí radica su sentido: deshacerse de lo innnecesario, cosa que mas o menos las tres escuelas que nombrás coinciden
    En cuarto lugar, parecieras plantear la vida cotidiana y de oficina como un impedimento para la praxis vital, y la verdad es que no hay nada allí que impida ser consciente y ocuparse de una misma; tampoco hay necesidad de llevar adelante una vida tal, pero para no ponerme tan extrema me centro en que llevar una vida de “auscencia” en términos de tiqqun, no es lo mismo que llevar una vida de oficina ¿cuántos filósofos existen que no puedan ser en el mundo? Es justamente este punto el que hay que sortear para poder llevar adelante una vida en la presencia, y es justamente esto otra cosa bella de la filosofía: es un arma de guerra.
    . Entonces, aceptando que ocuparse de uno mismo no lleva en sí la imposibilidad de masificarse; aceptando que no se le puede reclamar a la antigüedad no ser adaptable a nuestros tiempos; aceptando que la vida de oficina no es necesariamente una vida no filosófica (es sólo un medio para mantener el cuerpo vivo) y, finalmente, entendiendo que la filosofía es una arma de guerra, una caja de herramientas tan fácilmente transmitible, militable, comunicable; nos queda entender que si no tomamos la filosofía como praxis vital y no la expandimos como plaga por nuestro mundo masificado, no es porque en sí ella sea una práctica elitista, sino porque quienes nos acercamos a ella queremos que siga siendo un beneficio de pocos.

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