Mayoritario-minoritario y la inversión del platonismo en la filosofía de Gilles Deleuze

Para Deleuze son escazas las filosofías verdaderamente críticas con el orden establecido. Si la tarea de la filosofía es principalmente la de inventar nuevas posibilidades de vida, si su cometido más apremiante es el de criticar y subvertir aquello que nos oprime y esclaviza, para Deleuze la gran mayoría de las obras maestras de la filosofía están, por el contrario, invariablemente al servicio de un Principio que ordena, que fija los lugares y distribuye territorios a los entes, jerarquizándolos por rangos que se determinan por la distancia con respecto a ese Principio. Esto va de Platón a Hegel y llega incluso hasta Marx, hasta la fenomenología, hasta el existencialismo francés. Pero todo empieza con Platón, por lo que Deleuze no duda en afirmar que la tarea de la filosofía moderna es la de derribar el platonismo. En efecto, es con la filosofía de Platón donde nos encontramos con una doctrina que postula a la Idea como Fundamento de los entes concretos. Habría, en un mundo trascendente al nuestro, Ideas puras, eternas y perfectas de las que todos los entes y las acciones de este mundo provendríamos como ejemplares de segunda mano. Habría una Idea de Justicia, una de Hombre, una de Árbol, etc. Los árboles, los hombres y las acciones justas en este mundo simplemente participarían de su Idea, por lo que es siempre ésta la que posee la cualidad (de ser justo, o ser hombre, etc.) en primer término. Por ello la Idea es en Platón el Fundamento de todo fenómeno, el patrón ejemplar de la cual derivan los objetos (o los conceptos que refieren a ellos). La Idea es el Modelo perfecto, mientras que aquello que deriva de ella es un mero pretendiente que participa en menor o mayor grado de su Idea. Afirma Deleuze: “Participar significa tener parte, tener después, tener en segundo término. Lo que posee en primer término es el fundamento mismo. Sólo la Justicia es justa, dice Platón; en cuanto a los que llamamos justos, poseen en segundo lugar, o en tercero, o en cuarto… o en un simulacro, la cualidad de ser justo”.[1] Así, sólo la Idea de Justicia es justa; Fulano o Mengano son más o menos justos dependiendo del grado de su pretensión-participación en la Idea de Justicia, pero también uno y otro es más o menos “hombre” en la medida en que participen cada uno de la Idea de Hombre. Como el lector se puede imaginar, este modo de pensar puede ser bastante pernicioso, pues es siempre el Principio el que establece una jerarquía entre los “pretendientes” fijando a cada uno su lugar.

En la Edad Media los escolásticos utilizaron el concepto de “arquetipo” en sentido platónico para describir cómo la Creación divina pasaba necesariamente por las “ideas primordiales” en la mente de Dios. En este sentido, así como el arquitecto tiene una idea del edificio que quiere construir antes de empezar con los trabajos, Dios se habría basado en las Ideas que su mente divina contenía antes de comenzar su Creación. Lo que se postula principalmente con esta doctrina es que lo uno precede a lo múltiple y éste por supuesto se subordina a aquél. La Idea unitaria “Perro” precedería ontológicamente a toda la multiplicidad de perros habidos y por haber. El occidental está muy acostumbrado a pensar de esta manera: pone el uno antes que lo múltiple. Pero para Deleuze esto es pura ilusión, pues él afirma que no hay ningún fundamento, ningún principio supremo, ninguna instancia central que gobierne a los entes y los reparta en territorios bien definidos y delimitados. Y es que el papel de la Idea en tanto que fundamento es el de fijar a cada ser su identidad, fijar su lugar y repartirle sus atributos de una vez y para siempre. Por supuesto, esta manera de fijar identidades acaba estableciendo una jerarquía inamovible entre los entres que en ocasiones tiene nefastas consecuencias en la vida de los hombres.

 

Podemos rastrear este esfuerzo por parte de Deleuze de invertir el platonismo hasta sus últimas obras publicadas a dueto con Félix Guattari. En Mil mesetas, por ejemplo, Deleuze y Guattari, cuando hablan de las nociones de “minoritario” y “mayoritario”, definen a la mayoría como una constante o metro-patrón con respecto al cual se evalúan los entes que caen en menor o mayor medida bajo su concepto. En occidente —afirman—  tenemos el patrón «Hombre-blanco-macho-adulto-urbano-hablando una lengua standard-europeo-heterosexual cualquiera», mayoría que supone un estado de poder y dominación frente a lo minoritario. Lo mayoritario y lo minoritario no se definen, pues, de manera cuantitativa; la mayoría es un metro patrón, una constante desde la cual se evalúa, incluso cuando este patrón es menos numeroso que lo que se define como minoría. En el ejemplo, “el hombre” tiene la mayoría “incluso —aclaran Deleuze y Guattari— si es menos numeroso que los mosquitos, los niños, las mujeres, los negros, los campesinos, los homosexuales…, etc.[2]”. En fin, se considera minoritaria cualquier determinación distinta de la constante, independientemente de su número. Lo minoritario se considera siempre, en este sentido, “como un subsistema o como fuera del sistema”.[3] Podemos entonces relacionar el concepto de “mayoritario” con la Idea platónica. Ambas nociones funcionan como modelo, como patrón que evalúa las pretensiones de los seres y los jerarquiza según se acerquen más o menos al patrón abstracto. Partiendo desde la unidad del modelo o patrón, se distribuye a cada ente su territorio por lo que Deleuze llama a esta distribución sedentaria. Pues bien, con excepción de algunas filosofías de corte «naturalista», esto es, filosofías que sienten una marcada hostilidad frente a todo lo «sobrenatural» (como las de Lucrecio, Spinoza o Nietzsche), Deleuze piensa que son muy escasos los filósofos que critiquen esta manera sedentaria de pensar, típica de la filosofía de la representación[4] que se limita a reencontrar en cada ser el valor o posición que ya tenía en el orden de cosas dominante. El de Deleuze buscará ser un pensamiento nómada, es decir, un pensamiento que no dependa de ningún arché, de ningún principio supremo, de ningún fundamento, sino que distribuya a los seres de manera anárquica, encontrando con ello su más propia y merecida libertad. Seguiremos hablando de ello en otra ocasión.

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[1] Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, pág. 110.

[2] Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas, pág. 107.

[3] Ibid., pág. 108.

[4] Vincent Descombes, Lo mismo y lo otro, págs. 200 y 201.

 

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