¿Por qué la ciencia necesita de la especulación filosófica?

En dos entradas anteriores analizamos los problemas a los que se enfrentaba la tesis del fisicalismo y la manera como el pampsiquismo ascendente intentaba evadirlos. Éste último propone la posibilidad de que las partículas elementales posean propiedades fenoménicas, por lo que la consciencia sería una propiedad de la materia a nivel cuántico. Aunque dicha tesis parezca a algunos sacada de la ciencia ficción, quisiera defender la  necesidad de aventurarse en especulaciones de esta naturaleza, pues la filosofía tiene en ocasiones la función de ver ahí donde la ciencia no puede sacar nada en claro.

Para resumir, el fisicalismo plantea que todo en el universo se reduce a entidades de naturaleza física, incluyendo nuestra consciencia y nuestros estados mentales. Estas entidades son, como saben los físicos, las partículas elementales de la materia: quarks, bosones, leptones, neutrinos, etc. El fisicalista afirma que nuestra consciencia y nuestros estados mentales no tienen nada de “espiritual” ni de “metafísico”, sino que son el efecto de procesos físico-químicos en el cerebro.

El problema al que se enfrentan, sin embargo, es el de cómo explicar el paso que hay desde las propiedades meramente físicas de estas partículas elementales (propiedades como spin, masa o carga) a las propiedades estrictamente fenoménicas como el color rojo que vemos en la manzana, el calor que sentimos frente a una fogata o la amargura de una decepción amorosa. Es decir, parece que el vínculo lógico o causal entre unas propiedades y otras pasa por un abismo que queda sin explicación. ¿Cómo explicar el ‘rojo’ que vemos o la ‘alegría’ que experimentamos, a partir de la combinación de spins, masas o cargas? Esto es lo que a la fecha nadie ha podido explicar. Algunos dirán “Son los neurotransmisores en el cerebro los que logran tales efectos”. ¡Claro, en eso estamos de acuerdo! La pregunta es ¿cómo logran ese efecto? Hay actualmente cientos de científicos en el mundo investigando esta peculiar función del cerebro humano y a la fecha nadie ha podido responder a esta pregunta. La mayoría de estos científicos, por supuesto, se mueven en la hipótesis del materialismo fisicalista, aunque reconocen que efectivamente queda aquí mucho por explicar. Es el gran reto de la neurociencia hoy en día: explicar cómo emerge el pensamiento consciente a partir de la actividad química y eléctrica del cerebro. Los detractores del fisicalismo radical (como los pampsiquistas), afirman por ello que hay en las tesis fisicalistas una brecha explicativa (explanatory gap), un ¿cómo? que queda sin explicación. Es esta brecha la que hace que la explicación fisicalista, por incompleta, siga hasta el momento teniendo mucho de ‘mágica’.

Ante estos problemas —según veíamos en entradas anteriores—, el pampsiquismo ascendente postula que la conciencia es una propiedad de la materia a nivel cuántico. Las partículas elementales de la materia, además de tener propiedades físicas como spin, masa o carga, tendrían también —según los pampsiquistas— propiedades fenoménicas. Es aquí donde los estudios sobre la consciencia, que ordinariamente van desde la metafísica a la neurobiología, llegan a la física cuántica. Y es aquí donde quisiera hacer una defensa no de las tesis del pampsiquismo —que, como veremos en la siguiente entrada, tienen sus propios problemas—, sino del derecho (y el indiscutible beneficio para la ciencia) de que todo filósofo invente hipótesis ahí donde la ciencia no alcanza a explicar.

Algunos lectores de este blog, amantes de la ciencia y el rigor del método científico, saltaron furibundos e indignados apenas leyeron en mis dos entradas anteriores la tesis de que la consciencia podría ser una propiedad a nivel cuántico. “¡Esto es pura pseudociencia!” —bramaban, algunos bastante groseramente, desde la seguridad de sus computadoras. Hubo quienes sólo necesitaron leer el título de las dos entradas anteriores para despotricar sin miramientos. Es comprensible. El amor a la verdad y al rigor a veces nos hace soberbios e intolerantes. Sólo pido leer con atención y hasta el final. Este no es un blog New Age ni mucho menos. Aquí se discute de filosofía y de ciencia con rigor, y cuando la ciencia no alcance a explicar aspectos intrincados de su objeto de estudio, filosofaremos al respecto para encontrar la posible solución. Pues como decía Bertrand Russell en una entrevista de 1959, “la filosofía consiste en especulaciones sobre asuntos donde el conocimiento exacto todavía no es posible”. Esta sería la diferencia entre la ciencia y la filosofía: “la ciencia es lo que sabemos y la filosofía es lo que no sabemos […] Y por esta razón, las preguntas están permanentemente pasando de filosóficas a científicas a medida que el conocimiento avanza” —dice Russell. Para ilustrarlo, recuerda que los griegos inventaron “una millarada de hipótesis que resultaron valiosas más tarde, pero que en sus días no pudieron ser puestas a prueba”. Pone como ejemplo la teoría atómica de Demócrito, que sólo después de 2000 años resultó que era la visión científica correcta, pero que en su día fue sólo una “sugerencia”. Podríamos encontrar decenas de ejemplos como este en la historia de la ciencia. Les dejo la entrevista, que no tiene desperdicio:

Los pampsiquistas aventuran la hipótesis de que, puesto que los fisicalistas no han podido explicar cómo se pasa de propiedades puramente físicas a propiedades fenoménicas y estados mentales complejos, las partículas elementales podrían poseer ciertas propiedades fenoménicas fundamentales que, con el paso de la evolución y la creación de formas complejas de materia, dio paso a los finamente calibrados y organizados centros nerviosos con consciencia como los cerebros del reino animal. ¡No están afirmando que los neutrinos piensen y se pongan de acuerdo entre ellos para ir a tomar un trago con los leptones y los bosones! Afirman solamente que, además de propiedades como la carga, la masa o el spin, las partículas elementales de la materia pudieran tener otras cualidades aún desconocidas por nosotros y que son la base para la construcción de consciencias complejas como la nuestra. Como lo resume Bernardo Kastrup en su artículo, “el pampsiquismo ascendente está motivado por la idea de que, puesto que los físicos sólo modelan el comportamiento de las entidades físicas y no dicen nada acerca de su naturaleza intrínseca [esto lo decía precisamente Russell], la consciencia fenoménica podría ser esa naturaleza intrínseca”.[1] Esto es bastante razonable —dice— si se considera que la única entidad física que conocemos “desde adentro” es nuestro propio sistema nervioso, cuya naturaleza intrínseca parece ser fenoménica. Algo parecido argumentaba Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación cuando, corrigiéndole la plana a Kant, afirmaba que la cosa en sí tenía que ser la Voluntad, pues ella es lo único que no conocemos a través de la representación fenoménica sino que constituye nuestra más íntima naturaleza.

En fin, los pampsiquistas aventuran esta plausible hipótesis en espera de que la ciencia pueda decir pronto algo al respecto. Es simplemente eso: una sugerencia, una hipótesis, un camino posible a seguir. En ciencia como en filosofía, hay que tener la mente muy abierta pues, como decía sabiamente Heráclito hace más de dos mil trescientos años, “Si no se espera lo inesperado, no se lo hallará, dado lo inhallable y difícil de acceder que es”.[2] El pampsiquismo es una doctrina antiquísima que en la modernidad fue defendida con rigor y método por personalidades como Arthur Schopenhauer o Gustav Theodor Fechner en Alemania, o por  Josiah Royce, F. C. S. Schiller y Alfred North Whitehead en el mundo anglosajón. Hoy la doctrina renace nuevamente y le hace coqueteos a la física cuántica. En la siguiente entrada, con todo, veremos los duros problemas con los que se topa el pamsiquismo ascendente. Revisemos las hipótesis y vayamos descartando las que no nos sirvan. No hay por qué, pues, rasgarse las vestiduras.

 

[1] Bernard Kastrup, “The Universe in Consciousness”, en Journal of Consciousness Studies, 25, No. 5–6, 2018, pág. 132.

[2] Fragmento 729 (22 B 18) Clem., Strom. II 17.

 

 

 

 

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