Deleuze y el devenir minoritario

Gilles Deleuze fue un pensador que siempre estuvo preocupado por la cuestión política. Con todo, es evidente que su pensamiento es difícilmente encuadrable o no es totalmente traducible a los términos de la teoría política académica tradicional. En las facultades de filosofía, dentro del marco de estudio de la filosofía política, el pensamiento político de Deleuze casi nunca forma parte de la serie que va de Platón a John Rawls y que pasa por Aristóteles, Maquiavelo, Spinoza, Hobbes, Locke, Hegel, Marx… etc. Y es que la contribución de Deleuze al pensamiento político —como bien dice Paul Patton en su bello libro Deleuze y lo político— ha de ser evaluada en relación a su propia concepción y práctica de la filosofía.[1] Read More

Mayoritario-minoritario y la inversión del platonismo en la filosofía de Gilles Deleuze

Para Deleuze son escazas las filosofías verdaderamente críticas con el orden establecido. Si la tarea de la filosofía es principalmente la de inventar nuevas posibilidades de vida, si su cometido más apremiante es el de criticar y subvertir aquello que nos oprime y esclaviza, para Deleuze la gran mayoría de las obras maestras de la filosofía están, por el contrario, invariablemente al servicio de un Principio que ordena, que fija los lugares y distribuye territorios a los entes, jerarquizándolos por rangos que se determinan por la distancia con respecto a ese Principio. Esto va de Platón a Hegel y llega incluso hasta Marx, hasta la fenomenología, hasta el existencialismo francés. Pero todo empieza con Platón, por lo que Deleuze no duda en afirmar que la tarea de la filosofía moderna es la de derribar el platonismo. Read More

Deleuze y las matemáticas: lo singular y lo ordinario como nociones físico-psicológicas. (Parte III)

Además de lo que quedó dicho en el post pasado, hay que decir que la singularidad es preindividual. “[L]o que es «preindividual» es la singularidad misma”, dice Deleuze en Diferencia y repetición, mientras que en El pliegue Deleuze precisa la relación de la singularidad con la individualidad. Afirma ahí que las singularidades no son generalidades, sino acontecimientos, «gotas de acontecimiento» que no por ello dejan de ser preindividuales. “Es la definición real del individuo: concentración, acumulación, coincidencia de un cierto número de singularidades preindividuales convergentes”. Y más adelante: “En este sentido, el individuo es la actualización de singularidades preindividuales”. Read More

Deleuze y las matemáticas: lo singular y lo ordinario como nociones físico-psicológicas. (Parte II)

[Viene de aquí] Por supuesto los acontecimientos ligados a los puntos singulares son acontecimientos virtuales, y, como los verbos en infinitivo, neutros e incorporales. Por definición, lo virtual es real sin ser actual, lo que significa que lo virtual es tan real como los estados de cosas en los que se actualiza. No obstante, actualizándose en objetos o estados de cosas presentes, siempre queda un resto de virtualidad que no se actualiza y que permanece en tanto que estructura virtual del objeto. Read More

5 postulados del poder que hay que abandonar (según el filósofo Michel Foucault)

Al filósofo francés Michel Foucault se le reconoce el haber llevado los análisis del poder a un nuevo nivel. A su juicio, el problema del poder se analizaba, desde las posiciones de derecha, desde el punto de vista de la constitución, la soberanía, etc., es decir, en términos jurídicos; y desde las posiciones de izquierda se hablaba de represión, de ideología, esto es, se trataba el tema del poder en términos de aparato de Estado. Pero “la manera como el poder se ejercía concretamente y en detalle, con toda su especificidad, sus técnicas y sus tácticas, no era algo que preocupara; uno se contentaba con denunciarlo en el «otro», en el adversario”. Read More

Los sofistas y la teoría del significado

Todos hemos experimentado la molestia que provoca aquel que defiende una postura evidentemente falsa auxiliándose de una mezcla de argumentos tramposos y palabras elocuentes. Debió haber sido la misma molestia que Platón y Aristóteles experimentaban frente a los sofistas, esos hábiles maestros de la palabra que  con su solo discurso podían hacer parecer verdadero lo que era falso, y falso lo que era verdadero. Read More

¿Es el neoestructuralismo francés una nueva sofística?

Hay en el espléndido libro El problema del ser en Aristóteles, de Pierre Aubenque, un subcapítulo (el I.II del Capítulo segundo del libro dedicado al problema del Ser y el lenguaje) que se titula “Teorías sofísticas del lenguaje”. Llamó mi atención dicho apartado pues la exposición con que comienza Aubenque a describir las características generales de las teorías sofísticas del lenguaje, no deja de tener un inmenso parecido con lo que filósofos neoestructuralistas como Deleuze, Foucault o Derrida proclaman en lo referente al estatuto del lenguaje en general y del discurso filosófico en particular. Para Aubenque, el lugar común de retóricos y sofistas es la «omnipotencia del discurso». Sofistas y retóricos exaltan por sobre todas las cosas las funciones del lenguaje. Tal y como afirma Gorgias en el Elogio de Elena: “El discurso es un poderoso señor que, bajo las apariencias más tenues e invisibles, produce las obras más divinas”. Pero no exaltan todas las funciones del lenguaje por igual, pues la expresión y la transmisión son funciones que para los sofistas son, a lo sumo, propias del discurso banal (como cuando expreso “tengo hambre” o cuando transmito que “el profesor se ha ido ya”). Los sofistas se quedarán solamente con el poder de persuasión del discurso, pues para ellos se trata menos de hablar de que de hablar a. En otras palabras, el objeto del discurso (objeto del que se habla) importa mucho menos que la acción que el discurso tiene sobre el interlocutor o el auditorio. Así, “la verdadera potencia del discurso se revela […] cuando es ella la que sustituye a la evidencia de las cosas, haciendo parecer verdadero lo que es falso, y falso lo que es verdadero […] Lejos de dejarse guiar por las cosas, el discurso les impone su ley; abogado de las causas perdidas, sustituye el orden natural por el de las preferencias humanas”.[1] Es así como, de acuerdo a Aubenque, para los sofistas la ciencia del discurso se convertía en la ciencia universal.

Pues bien, como decía, existen palpables similitudes entre estas características de las teorías sofísticas del lenguaje (aquí muy escuetamente esbozadas) y las tesis que los filósofos franceses arriba mencionados sostienen a la hora de establecer el estatuto del lenguaje en sus respectivas filosofías. Obsérvese si no el constructivismo deleuziano, mismo que tiene a la filosofía por una disciplina que en estricto rigor es la encargada de crear conceptos nuevos que “tallen” a su manera el acontecimiento. Es bien conocido que a lo que Deleuze se opone es a la filosofía de la representación, misma que se atiene al reconocimiento de las cosas y los estados de cosas y que por lo tanto se limita a ser una especie de «espejo de la naturaleza». Para él, como para los sofistas, las funciones del lenguaje que se quedan en la expresión o en la transmisión, funciones propias de la representación, tienen un valor tan ínfimo que apenas tienen una importancia escolar. No quiero decir que niegue Deleuze que tal función del lenguaje exista, sino que simplemente se resiste a creer que en esa función tan gansa se pueda jugar el destino del pensamiento: “Por un lado –afirma-, es evidente que los actos de reconocimiento existen y ocupan gran parte de nuestra vida cotidiana: es una mesa, es una manzana, es el trozo de cera, bueno días, Teeteto. Pero, ¿quién puede creer que el destino del pensamiento se juega en eso, y que nosotros pensamos cuando reconocemos?”.[2] No acabaríamos de traer a cuento citas que confirmarían que la apuesta deleuziana por abandonar el ámbito de la filosofía de la representación lo acercan de hecho a las teorías sofísticas del lenguaje. Lo mismo podría decirse de Derrida. Sus análisis sobre el lenguaje y la escritura son extremadamente densos y complejos y no sería este el lugar para comenzar a analizarlos. Baste apuntar aquí que una de las consecuencias de los análisis derridianos sobre el lenguaje y el descubrimiento de la escritura como el verdadero trascendental de la experiencia, es la afirmación de que ya no puede seguir diferenciándose de manera seria entre textos o discursos que, como el filosófico, han pretendido convencernos de que nos proporcionan la verdad objetiva, y otros como la literatura, que no pretenden cosa semejante. O véase también la filiación retórico-nietzscheana de Foucault. Nietzsche –nos recuerda Foucault- sacudirá el modelo de verdad objetiva y desinteresada para afirmar 1) que detrás de todo saber hay un juego tiránico de instintos; 2) que la “verdad” no es sino un caso muy particular del error general; 3) que ésta no depende de un sujeto, sino de una multiplicidad de síntesis históricas traslapadas; 4) por último –y esto nos interesa particularmente-, que la verdad no consiste en un conjunto de significaciones originarias, sino que constituye en cada ocasión una invención singular.[3] De ahí que la Verdad, así, con mayúscula, sea sustituida por «juegos de verdad», o más bien por «procedimientos de lo verdadero». “La verdad es inseparable de un procedimiento que la establece”, dirá más tarde Deleuze comentando a Foucault.[4] En todo ello el tema y el problema del lenguaje es fundamental y para Foucault hay sin duda un «retorno del lenguaje» en las cuestiones más interesantes de nuestra época. “Toda la curiosidad de nuestro pensamiento –afirma- se aloja ahora en la pregunta: ¿Qué es el lenguaje, cómo rodearlo para hacerlo aparecer en sí mismo y en su plenitud?”.[5] Este era también, como ya se puede ver, el principal objeto de interés por parte de los sofistas, y no cabe duda de que cuando Foucault afirmaba que él, en sus obras, nunca hizo otra cosa que «ficcionar», ese ficcionar era –en palabras de Deleuze- una auténtica «producción de realidad» no muy alejada de lo que los sofistas querían cuando, lejos de dejarse guiar por las cosas, pretendían con el discurso imponerles su propia ley.

[1] Pierre Aubenque, El problema del ser en Aristóteles, pág. 88.

[2] Gilles Deleuze, Diferencia y repetición, pág. 209.

[3] Me baso aquí en el pequeño resumen del tema que elabora Frédéric Gros en su Michel Foucault, pág. 78.

[4] Gilles Deleuze, Foucault, pág. 91.

[5] Michel Foucault, Las palabras y las cosas

Gorgias

Gorgias

, pág. 320.

Foucault: poder y resistencia al poder (Parte I)

La democracia en México no tiene ni quince años de vida. Es una democracia joven, muy joven, una democracia -se suele decir a menudo- en pañales. Si nos pusiéramos a enumerar los rasgos de nuestro “infantilismo” democrático, tendríamos que mencionar tal vez en primer lugar los preocupantes niveles de corrupción que existen en las altas esferas del poder, la connivencia de éstas con el crimen organizado, la funesta impunidad de los delitos que se cometen o la evidente falta de capacidad para gobernar. En una palabra, el abuso del poder. Read More