¿Tienen propiedades mentales rudimentarias las partículas elementales de la materia?

Veíamos en nuestra entrada anterior cómo Bernardo Kastrup hacía un recorrido por las diferentes posturas filosóficas en torno al problema de la consciencia en el universo y su relación con la materia. Kastrup hace este recuento de los antecedentes del problema para llegar, al final de su artículo, a defender la tesis según la cual todo lo que hay es consciencia cósmica, siendo los seres humanos y todos los organismos vivos una especie de álter egos disociados de esta consciencia cósmica. Llegaremos a ello en su momento. En la entrada anterior revisamos algunas objeciones a la postura fisicalista cuya tesis principal plantea que todo lo que existe tiene, en última instancia, una naturaleza física. En esta entrada abundaré un poco más en las críticas al fisicalismo y en la propuesta alternativa del pampsiquismo ascendente.

Hablando de piedras y de montañas pocos tendrían problemas en afirmar que efectivamente su naturaleza última tiene un carácter físico. Pero aquí, sin embargo, nos interesa el fenómeno de la mente, de la consciencia, de los estados fenoménicos que experimentamos al sentir el calor del fuego, al percibir el rojo de una manzana o la amargura de una decepción. El problema sin duda se complica pues estos estados tan sutiles, tan marcadamente incorpóreos y tan fugaces, aparentemente tienen muy poco que ver con la física de la materia. El fisicalista radical no tiene problemas en afirmar que incluso la más sublime de las emociones poéticas tiene su base y fundamento en los procesos físico-químicos del cerebro. Ok, sea. Pocos cuestionan tal cosa. El problema verdadero surge cuando se intenta explicar cómo de propiedades puramente físicas pueden surgir propiedades fenoménicas. Me explico.

En nuestro cerebro acontecen diversos procesos físico-químicos que, en última instancia, se reducen a átomos y, por ende, a partículas más elementales como los quarks, los leptones, los neutrinos, los bosones, etc. Estos elementos últimos tienen, según los científicos, propiedades físicas como masa, momentum, spin o carga eléctrica.  Pues bien, los detractores del fisicalismo harían a los defensores del mismo preguntas como las siguientes: ¿Cuáles son las correlaciones entre las diferentes propiedades físicas de las partículas elementales y los consiguientes estados fenoménicos que producen? Por ejemplo, un quark con spin up, ¿qué estado mental produce?, ¿sensación de calor, de frío, color verde, color rojo? ¿Qué combinación de carga, spins y masa es necesaria para producir el fenómeno mental “decepción”? El fisicalista radical, ante estas preguntas, no podría sino guardar un incómodo y significativo silencio. Si es sencillo afirmar que los estados mentales tienen su base en los procesos físico-químicos del cerebro, es poco menos que imposible —por lo menos actualmente— explicar cómo se da el salto desde las propiedades físicas de la materia hacia los estados mentales que experimentamos todos los días. Según los críticos del fisicalismo, las correlaciones entre la actividad neuronal y la experiencia reportada son enteramente arbitrarias. Como dice Kastrup, es tan (in)válido afirmar que un spin up genera la propiedad fenoménica ‘frío’ y un spin down genera la de ‘calor’, como decir exactamente lo contrario. En suma, no hay nada intrínseco en el spin —o en ninguna otra propiedad física fundamental— que nos permita hacer ese tipo de distinciones. Este es el problema de la “brecha explicativa” al que me refería en la entrada anterior, también conocido como el “problema duro de la consciencia”: en principio —sostiene esta crítica al fisicalismo— es imposible deducir las cualidades fenoménicas de los parámetros físicos de las partículas elementales.

Si los fisicalistas duros no pueden explicar de qué manera las propiedades fenoménicas surgen de las propiedades físicas de la materia, entonces en el fondo apelan a la magia de una emergencia tosca. Y es que las explicaciones “causales” que no alcanzan a explicar los pormenores del cómo de la causa surge el efecto, tienen, ciertamente, mucho de mágicas. Como los “razonamientos mágicos”, el argumento de los fisicalistas es también deficiente. Dice el qué pero no explica el cómo. Los estados mentales surgirían “mágicamente” de las propiedades físicas de la materia. El fisicalista se encuentra en un verdadero atolladero.

Es por ello que se plateó la tesis del pampsiquismo ascendente. Como ya apuntáramos en nuestra entrada anterior, la idea general de esta postura plantea que las propiedades fenoménicas de la materia son tan fundamentales como las físicas. Es decir, de manera paralela a las propiedades físicas como el spin, la carga o el momentum, las partículas fundamentales (o por lo menos algunas de ellas) tendrían además otras propiedades ya no físicas sino fenoménicas. De esta manera, el pampsiquismo ascendente intenta modelar la constitución de los estados fenoménicos de nuestras mentes a través de la combinación físico-química de estas —por llamarlas de algún modo—  “partículas fenoménicas fundamentales”. Como lo pone Galen Strawson,

 

en algún punto del pasado remoto de las partículas fenoménicas fundamentales, éstas se organizaron mediante procesos como la selección natural en formas cada vez más complejas, ya sea que fueran experienciales o no-experienciales. Y así como hubo espectaculares ampliaciones y finos ajustes en las formas no-experienciales (como los cuerpos de los entes vivos), así también hubo espectaculares ampliaciones y finos ajustes en las formas experienciales.[1]

Estos conglomerados finamente ajustados de partículas fenoménicas fundamentales que surgieron (o ascendieron) a partir de la selección natural son, por supuesto, nuestras mentes y los sistemas nerviosos de todos los seres vivos con capacidad de experiencia. Como indica Kastrup, la fuerza y el atractivo del argumento del pampsiquismo ascendente descansa en que el tratamiento que se les da a las propiedades fenoménicas es análogo al que se le da a las propiedades físicas corrientes como el spin, la masa o la carga. Al postular propiedades fenoménicas elementales en las partículas últimas de la materia, los pampsiquistas evaden el ‘salto brusco’ que dan los fisicalistas, quienes al fallar en explicar cómo surgen los estados mentales desde lo puramente físico, postulan una emergencia tosca que es casi un acto de magia.

Postular propiedades fenoménicas en las partículas elementales es una tesis no sólo fascinante, sino también fuerte y atractiva. Implicaría que el universo como tal posee en sus elementos constitutivos más fundamentales propiedades fenoménicas en un nivel elemental o rudimentario. Otros nombres para el pampsiquismo ascendente son panexperiencialismo, micro-psiquismo constitutivo, panprotopsiquismo o pampsiquismo diferencial monádico, nombres todos con un singular atractivo que raya en lo místico. Sin embargo, como veremos en la próxima entrega, el pampsiquismo ascendente se topa con sus propios problemas, aunque esto no quita que la especulación filosófica sea sumamente necesaria para la ciencia.

 

¡Sigue leyendo y no olvides regalarnos tus comentarios!

 

 

[1] Galen Strawson, Consciousness and Its Place in Nature, pág. 24, citado por Bernardo Kastrup, The Universe in Consciousness, pág. 129.

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *